—¿Inapropiado? ¿Por qué? Pronto seremos familia. ¿No te parece bien empezar a profundizar nuestra relación ahora? —respondió Paulo con una sonrisa que a Celia le resultó desagradable.
Ella arrugó aún más el entrecejo.
—¿Qué quiere decir con eso?
—¿Su tía no te lo dijo? Ella aceptó que te casaras conmigo. A mi madre le agradas mucho, y a mí también me gustas mucho.
Paulo movió su silla para sentarse más cerca de ella. Celia instintivamente alejó la suya. Al ver que lo evitaba, Paulo no se molestó.
—Sé que las mujeres como tú tienen mucha dignidad. Pero no te preocupes, aquí no hay nadie más. Podrías… hacerlo conmigo.
—Señor Bustos, tengo otros asuntos que atender. No puedo quedarme más.
Una expresión de repugnancia cruzó la cara de Celia. Se levantó de golpe para irse. Sin embargo, cuando intentó abrir la puerta del reservado, descubrió que alguien la sostenía desde fuera. Por más que tiraba, la puerta no cedía. Comprendiendo la situación, estalló de rabia.
—¿Qué significa esto? ¡Si no sueltan la puerta, llamaré a la policía!
Paulo se levantó lentamente.
—La policía no se mete en asuntos familiares. No te molestes más.
Celia sonrió, enojada, y se volvió.
—¿¡Estás loco!? ¡No soy parte de tu familia! ¡Esto es una detención ilegal! No solo la policía, ¡mi padre y mi hermano no los perdonarán si se enteran!
—Para cuando se enteren, ya será tarde. Ya serás mía. ¿De qué tendría miedo entonces?
Paulo finalmente reveló su naturaleza siniestra y se abalanzó sobre Celia. Ella lo esquivó rápidamente, usando la mesa como barrera para mantenerlo a distancia. Pero después de unos pasos, un repentino mareo la atacó. Sus piernas flaquearon y tuvo que apoyarse en la mesa para no caer. Entonces lo entendió…
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