No solo eso, Águila también había ido, adoptando una actitud de mediadora.
—Señora Bustos, ¡seguro que hay algún malentendido! ¡Hablemos con calma!
Enzo arrugó el entrecejo.
—¿A qué debo su inesperada visita, señora Bustos?
Olaya miró a Celia con hostilidad, mostrando una cara completamente distinta a la amable de la noche anterior.
—¡Pregúntale a tu hija! Anoche estuvo con mi hijo, Paulo, y de la nada, ¡le partió la cabeza! Mi hijo ahora está en el hospital. Si no me dan una explicación, ¡iré a buscar a Ferlín Rojas!
Enzo miró a Celia. Ella permanecía tranquila, en silencio.
—¿Podría haber algún malentendido? —preguntó Enzo, sin creer que su hija actuaría así sin razón.
Olaya mostró una sonrisa con frialdad.
—Sea cual sea el malentendido, ¿acaso ella debería partirle la cabeza a mi hijo?
Enzo guardó silencio. A su lado, Águila sonrió e intervino.
—Enzo, entre los jóvenes a veces hay conflictos y malentendidos. Pero es cierto que Celia lastimó a Paulo. Debería al menos disculparse con la señora Bustos.
—Si mi hija actuó así sin motivo, naturalmente, la haré disculparse con ellos —respondió Enzo.
La expresión de Olaya se ensombreció.
—¿Qué quiere decir con eso, señor Rojas?
—Señora Bustos, como el incidente ya ocurrió, lo investigaremos a fondo. Pero usted misma lo dijo: "sea cual sea el malentendido", eso sugiere que sí hubo una fricción entre los jóvenes. En ese caso, ¿por qué no nos calmamos primero y aclaramos los hechos? Así daremos a ambas partes lo que merecen.
El discurso razonable de Enzo enfureció aún más a Olaya.
—¡El herido es mi hijo, no tu hija!


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