Al regresar a Colina Serena, Celia bajó del auto. Su mirada se dirigió instintivamente hacia el pabellón de piedra cubierto de enredaderas en una esquina del jardín. La vegetación dentro, cuidadosamente mantenida por el jardinero, lucía exuberante y llena de vida contra el mármol de vetas blancas.
Nieve estaba sentada en el pabellón, atendiendo a un invitado, con una sonrisa suave en su cara. Una empleada doméstica estaba junto a ella, sirviéndoles bebidas. Al notar la presencia de Celia, la empleada se inclinó para avisarle a Nieve. Ella se volvió hacia Celia, que se acercaba, y saludó con la mano.
—¡Cariño!
La mirada de Celia se desplazó hacia el hombre sentado frente a Nieve. De hecho, al ver su espalda, ya lo había reconocido.
—Ay mi niña, has regresado. —La voz de Nieve era increíblemente suave, como si le estuviera contando una novedad—. Tu amigo vino a buscarte, y lo atendí por ti.
César alzó lentamente la mirada, fijándola en la cara de Celia. Ella apartó la suya y se acercó a Nieve, quejándose en voz baja.
—Mamá, ¿por qué no me avisaste? ¿Y si fuera un impostor?
César lo oyó con claridad. Si no hubiera llevado la máscara, ella habría visto su expresión exasperada en ese momento.
—¿Impostor? ¡Cómo podría serlo! —Nieve parpadeó—. ¡Él te conoce muy bien!
Celia se sorprendió. ¿Acaso ese hombre le había dicho algo extraño? Mordió ligeramente sus labios y, al encontrarse con la mirada de César, formó palabras silenciosamente con los labios: "No digas bobadas". En los ojos de César brilló un destello de burla: "¿A qué te refieres?"
Nieve los miró a ambos. Pareció comprender algo, se tapó la boca con la mano y se rio suavemente antes de levantarse.
—Cariño, entonces habla con tu amigo. No los molestaré más.
Dicho esto, hizo un gesto para que la empleada también se retirara. César apoyó el brazo en la mesa, sosteniendo su sien con una mano.
—Regresaste tan rápido, ¿eh? Yo quería charlar un poco más con la señora Rojas.
—¿De qué hablaron?
—De todo. Desde astronomía hasta geografía, y también… —Hizo una pausa deliberada, apretando ligeramente los labios— … De ti y de mí.
—César, ¿no entendiste lo que dije la última vez? —Celia bajó la mirada—. No voy a volver a casarme contigo. No sigas perdiendo el tiempo.
César guardó silencio por unos segundos, luego alzó la vista. Su mirada profunda se posó en sus ojos hermosos, como si intentara ver a través de ellos para discernir sus verdaderos pensamientos.
Después de un rato, sonrió.
—Si entendí.
Su voz era agradable, con un dejo apenas perceptible de aspereza.

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