Sus orejas se calentaron un poco y bajó la cabeza, para fingir que estaba revisando su celular. El cielo se oscurecía gradualmente y las luces de la ciudad comenzaban a encenderse, envolviendo la ciudad en un cálido resplandor.
Habían pasado todo el día juntos. El viento nocturno traía consigo un frescor repentino y ella, que vestía ropa ligera, sintió un leve escalofrío. César, al notarlo, se quitó la chaqueta y la colocó sobre sus hombros.
—No te resfríes.
Celia sujetó el cuello de la prenda, que aún conservaba ese tenue aroma a lavanda con notas amaderadas tan característico de él. Era un olor que le resultaba tan familiar y que luego había intentado borrar de su memoria.
De repente, recordó la trampa que Sira le había tendió. En esa habitación privada… esos tipos casi la violaron. En aquella ocasión, fue Alfredo quien la llevó al hospital. Allí, César también le había puesto su chaqueta sobre los hombros, pero entonces lo hizo por un puro y posesivo deseo de dominio, molesto porque ella se hubiera acercado a Alfredo… No como ahora, que sus ojos reflejaban una preocupación genuina.
César pareció leer sus pensamientos. Su corazón se encogió con un dolor sordo y persistente. Quiso pedir perdón, pero las palabras le parecieron vacías. Temía arruinar este inusual momento de paz al mencionar el pasado. Sabía que el camino para obtener su perdón aún era largo.
—Te llevo de vuelta a casa —dijo finalmente, desviando la mirada.
Celia asintió con la cabeza. Caminaron hombro a hombro hacia donde estaba estacionado el auto. Al pasar por una floristería, la dueña, embarazada, los llamó mientras promocionaba sus flores:
—Señorita, hoy es el Día de los Enamorados. ¿Por qué no le pide a su novio que le compre un ramo?
—¿Día de los Enamorados?
Los dos se miraron al mismo tiempo.
Celia pensó que él lo sabía de antemano, pero la reacción de César fue de total sorpresa. Él se llevó una mano a la boca y tosió con incomodidad, mientras su mirada se fijaba en las rosas más llamativas del escaparate.
—Quiero todas las rosas de su tienda —dijo César mirando a la dueña.
La mujer quedó atónita.
—¿Todas?
—Sí, todas. —César sacó su cartera—. ¿Aceptan tarjeta?
—¡Sí, por supuesto! —respondió la dueña, entusiasmada.
Macarena se levantó de un salto, con el pánico reflejado en sus ojos enrojecidos. Solo cuando su asistente le entregó las fotos y Macarena vio a Celia junto a ese hombre, que creyó por completo que César seguía vivo.
—¡¿Él no está muerto?! —exclamó con las manos temblando mientras se desplomaba en el sofá—. Cuando la vieja decidió fusionar El Valle, supe que algo no cuadraba. El Valle es su vida; por muy mal que estuvieran los Herrera, ¡jamás habría tomado esa decisión!
—¿Quizás la señora sabía que César seguía con vida? —propuso el asistente con cuidado.
La expresión de Macarena se endureció.
—¿Y qué? Aunque esté vivo, no ha movido un dedo para proteger a los Herrera en seis meses. Si regresa, nos aseguraremos de que tanto la familia Herrera como El Valle sean completamente nuestros…
El asistente bajó la cabeza, impactado por la audacia de sus palabras. Al salir de la oficina, se dirigió a la escalera de incendios e hizo una llamada discreta por su celular, contándole al otro lado todo lo que Macarena había dicho antes. La persona del otro lado de la línea le respondió con calma:
—Haz lo que te pida. Solo necesitas informarme de su plan. Recuerda, actúa con cuidado.
—Entendido, Nicole, tendré cuidado.

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