A la mañana siguiente, Salma salió de su habitación y asomó la cabeza con timidez hacia la sala. Ben estaba preparando café en la cocina y también había dejado listo el desayuno. Él se le había declarado la noche anterior, pero ella se había pasado toda la noche en vela dándole vueltas al asunto.
Tomó aire profundamente y se le acercó. Ben la miró de reojo y, sin decir una sola palabra, deslizó suavemente hacia ella un plato con pan tostado, huevo y fruta fresca.
—Solo sé preparar esto. Mañana ya empieza a trabajar la empleada doméstica.
—¿De verdad contrataron a una empleada?
Claro, para ellos el dinero no era ningún problema.
—Es para que estés más cómoda —comentó él con naturalidad.
Salma se sorprendió. ¿Acaso se había dado cuenta de que se sentía incómoda? ¿O él la había malentendido? Pensando, quiso explicarle:
—No es que desconfíe de ti. Sé perfectamente que eres todo un caballero.
Pero entre más intentaba justificarse, peor sonaba. Parecía que estuviera admitiendo abiertamente lo mucho que le afectaba estar a solas con él.
Ben movió su café con una cucharilla y la miró.
—Tampoco soy del todo un caballero.
Salma lo miró inmóvil, sin saber qué responder. Él le dio un sorbo a su taza con parsimonia.
—No confíes tanto en mí. A fin de cuentas, soy un hombre.
Salma le dio un mordisco al pan tostado, sintiendo cómo las orejas le ardían por la vergüenza. Precisamente porque sabía que él era un hombre, no había podido pegar el ojo en toda la noche.
Al mediodía, Ben salió a atender unos pendientes y Salma aprovechó para ir a visitar a Celia a la residencia de al lado. Celia le sirvió un vaso de jugo fresco.
—Anoche nos diste un susto de muerte a todos. Pensamos que te había pasado algo malo.
Salma guardó silencio. Celia no tardó en notar las marcadas ojeras en su cara.
—¿Te pasó algo? —le preguntó en voz baja.
—¿Qué? —Salma reaccionó de golpe y desvió la mirada—. No, nada. Anoche me sentía un poco abrumada y necesitaba despejar mi mente a solas. Lamento mucho haberlos preocupado.
Celia decidió no presionarla más.


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