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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 797

Durante las vacaciones, disfrutaron todo al máximo. Fueron a bucear a una playa privada, tomaron el sol, hicieron kayak en el parque, visitaron museos de arte, galerías y restaurantes temáticos. Después de varios días de diversión continua, por fin decidieron tomarse un merecido descanso.

Celia y César bajaron las escaleras. Al percibir un apetitoso aroma a masa horneada, ella caminó apresuradamente hacia la cocina. La barra de mármol estaba repleta de utensilios de repostería. Salma, con unos guantes de cocina térmicos puestos, sacaba una bandeja repleta de tartas doradas y crujientes.

—¡Qué bien huele! —exclamó Celia con entusiasmo—. ¡Incluso sabes preparar postres?

—Bueno, como no tenía nada que hacer, busqué una receta en internet e intenté cocinar algo. No sé si me quedaron del todo bien —respondió Salma, soltando un suspiro de incertidumbre.

Celia la consoló:

—Se ven espectaculares. Déjame probar una.

Tomó una tarta, le dio un mordisco y asintió con evidente aprobación.

—Están deliciosos. El punto de dulzura es sencillamente perfecto.

César, junto a ellas, cruzó los brazos sobre el pecho y sonrió con serenidad.

—Oye, ¿y dónde está Ben? —preguntó Celia.

Salma dudó antes de responder:

—Quizás aún no se ha despertado.

—Bueno, con todo lo que hemos hecho estos días debe estar cansado.

—¿Y acaso yo no lo estoy? —intervino César, apoyándose en la barra y fingiendo indignación.

Celia se le acercó.

—Sí, claro que sí. Tu esfuerzo siempre va en primer lugar.

—Eso suena bastante convincente.

Salma los observó y dudó si debía decir algo. ¡Le habían prometido que no iban a hacer escenas empalagosas frente a ella!

Más tarde, mientras descansaba en el sillón, Celia revisó las fotos del viaje y las publicó en sus redes sociales. Salma, por su parte, separó algunas tartas en un plato y preparó un café para llevarlos al piso de arriba.

Tocó suavemente la puerta de la habitación de Ben. Al escuchar que la autorizaba a pasar, abrió la puerta. Él acababa de salir de bañarse y llevaba puesta una bata, todavía tenía el cabello húmedo. El vapor aún flotaba en el ambiente.

La mirada de Salma se desvió por puro instinto hacia su pecho. Aunque con ropa se veía bastante delgado, tenía una musculatura masculina impecable.

Al darse cuenta de que él la observaba detenidamente, Salma apartó la cara con timidez y dejó la bandeja sobre la mesa.

Ella no lo apartó. Ben, llevado por la intensidad del momento, se inclinó un poco más hasta que sus labios estuvieron a punto de tocarse. En ese preciso instante, un carraspeo resonó desde el marco de la puerta.

Ben arrugó la frente y se incorporó a toda prisa. Al descubrir a César apoyado despreocupadamente en el marco de la entrada, le lanzó una mirada llena de fastidio. Salma también se levantó de la cama de golpe, con la cara roja por la vergüenza.

—Disculpen la interrupción —habló César con una sonrisa maliciosa.

Salma, antes de que Ben le pudiera responder, salió corriendo de la habitación sin atreverse a mirar atrás. Ben la miró escapar, luego se sentó en la orilla del sillón y clavó la mirada en César.

—¿Me vas a decir que no lo hiciste a propósito?

César entró sonriendo.

—Solo iba pasando y vi la puerta completamente abierta.

Ben guardó silencio, visiblemente molesto. César caminó con parsimonia hacia la ventana mientras hablaba.

—Solo venía a avisarte que hay una mujer preguntando a todo el mundo por ti. ¿Es alguna conocida tuya?

—¿Qué mujer? —preguntó Ben, arrugando la frente con extrañeza.

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