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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró novel Chapter 495

Celia colgó la llamada y, en ese momento, alguien llamó a la puerta. Se acercó a abrirla.

—¿Ben? —Parpadeó, sorprendida.

Él le tendió una vela aromática.

—Papá me pidió que te la diera —explicó.

Ella la tomó.

—¿Esta vela me ayudará a relajarme?

—Sí, es para que duermas mejor, ya que has cambiado de ambiente. —Sonrió Ben con ternura—. Mañana por la mañana iremos con papá a visitar a nuestro abuelo. Descansa bien para lo de mañana.

Celia también sonrió.

—Entendido.

Con la aromaterapia, Celia tuvo un buen sueño. A la mañana siguiente, después de desayunar con la familia, salieron juntos. Dentro del auto, Enzo, al notar su nerviosismo, la tranquilizó con suavidad.

—No te preocupes, Ben y yo estamos contigo. Será solo una visita normal a tu abuelo. No nos quedaremos durante mucho tiempo.

—Exacto. Y si no te cae bien alguien, no tienes que fingir amabilidad —añadió Ben.

—Así es. —Enzo hizo eco—. Que sepan que mi hija no es fácil de intimidar.

Celia no pudo evitar reírse ante la divertida reacción de ambos, pero sí se sintió mucho más relajada por sus palabras.

Al llegar a la casona, Celia siguió a Enzo y Ben hacia la sala de estar. Un anciano ocupaba el asiento principal, bebiendo té. A ambos lados se sentaban dos hombres y una mujer.

La mujer, de unos cincuenta años, sostenía un gato siamés en brazos y examinaba a Celia con una mirada desdeñosa. De los dos hombres de edad similar a la mujer, uno tenía los rasgos parecidos a Enzo. Vestía con sencillez, pero tenía el aire serio de un funcionario. A diferencia de la arrogancia de la mujer, su expresión era más bien amable.

El otro hombre, que jugueteaba con un encendedor de plata, le echó un vistazo a Celia. Antes de que el anciano pudiera hablar, fue el primero en romper el silencio.

—Vaya, Enzo, con tan pocos días sin vernos, ¿hoy has regresado con una hija? —provocó con desdén. Era Andrés Rojas, el quinto hijo de Ferlín.

Enzo se sentó en el sofá e indicó que Ben y Celia hicieran lo mismo.

Hizo una pausa, mostrando incomodidad, antes de continuar.

—Quería prepararlo, pero la verdad es que no sé qué le gusta… A él no le falta nada, así que los regalos lujosos no tienen sentido; y si le doy algo hecho a mano, temo que no le agradará. Pero sé que el abuelo es muy amable y no me culpará por eso. Cuando pase más tiempo con él y entienda sus gustos, le daré un regalo que le satisfaga.

Águila rio con desprecio.

—Qué mala excusa para justificarte.

Enzo sonrió con frialdad.

—Parece que estás muy acostumbrada a recibir regalos. Debes haber acumulado una fortuna, ¿cierto?

La expresión de Águila se ensombreció.

—¿Qué quieres decir?

—Hermana, no tienes por qué enfadarte por mis palabras. Si no hubieras insistido en el tema de regalos, tampoco lo habría mencionado. —La voz de Enzo era calmada, pero mostraba una perceptible actitud—. Además, cómo críe a mi hija no es asunto de ustedes.

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