Marta terminó los fideos, incluso bebió la sopa hasta la última gota. Cuando no sabía qué más decir, César rompió el silencio.
—¿La abuela está bien?
La atmósfera se relajó un poco. Ella respondió:
—Está bien. Ella ya sospechaba que David le había cambiado los medicamentos, así que los tomó deliberadamente, pero en una cantidad que sabía que no sería letal. Originalmente, ella quería verlo mostrar algún arrepentimiento. Lástima que ahora él esté completamente cegado por la ambición.
César le sirvió un vaso de agua.
—El tío David probablemente acumuló muchos resentimientos todos estos años.
Marta suspiró.
—Él nunca ha tenido iniciativa. No es apto para los negocios. Tu abuela lo sabía y por eso nunca le dio un puesto de autoridad. Pero él no lo entendía. Solo veía que ella siempre te favorecía a ti y a tu padre.
Levantó la mirada hacia César con un destello de cansancio.
—¿Podrías… volver a la capital tras terminar todos tus asuntos aquí?
Él asintió con la cabeza.
—Sí, lo haré.
El aire se volvió un poco denso. César guardó silencio unos segundos, dejó el vaso sobre la mesa causando un suave sonido y añadió:
—Pero es probable que el tío David y su esposa ya hayan descubierto que estoy en Ficus.
Marta se sorprendió antes de recordar algo importante.
—¿Entonces David atacó a tu abuela porque supo que estabas vivo?
—De lo contrario, habría actuado durante estos seis meses. —Las palabras de César hicieron que la expresión de Marta se volviera compleja. Tras reflexionar un momento, ella dijo:
—Ahora tu papá está a cargo de los negocios de los Herrera, así que podemos protegernos por un tiempo. Su plan esta vez falló, pero no sabemos qué harán después.
Al notar su preocupación, César respondió con total certeza:
—No se preocupe, tengo a Nicole vigilándolos. No lograrán su objetivo.
Marta se relajó visiblemente.
—Ah, por cierto —los finos labios de César se abrieron ligeramente—, también hay algo más que debo contarle.
***
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