La frase estalló en la mente de Celia como una bomba: ¿él quería rendirse? Y lo decía con una facilidad insultante… Quien la había buscado sin descanso al principio era él, y ahora era él mismo quien decidía soltarle la mano.
Celia forzó una sonrisa para ocultar el torbellino de emociones que la golpeaba. Si tuviera un espejo delante, vería una mueca de lo más desgarradora.
—¿Dices que quieres rendirte? César, ¿entonces qué significaron todas tus promesas y todo lo que hiciste por mí? ¿Me has estado tomando el pelo todo este tiempo? Si este iba a ser el final, ¡no deberías haberte cruzado en mi camino! Ahora que me has arrastrado contigo, pretendes retirarte sin más. ¡¿Con qué derecho?!
Incapaz de contener su furia, Celia lo empujó con todas sus fuerzas.
Él retrocedió unos pasos por el impacto e intentó sujetarla para que no cayera, pero ella rechazó su gesto de un manotazo.
—¡Respóndeme!
César bajó la mirada. Sus facciones afiladas estaban en tensión absoluta. Tras un silencio eterno, dijo con voz ronca:
—Siento haberte hecho perder el tiempo.
Esas palabras fueron como dardos clavándose directamente en la parte más vulnerable del pecho de Celia. El dolor era tan agudo que incluso respirar la hacía temblar. Dio un paso atrás, clavándose las uñas en las palmas de las manos para contener el temblor de su voz.
—Te lo pregunto por última vez —dijo ella, con la voz entrecortada—. ¿De verdad quieres que esto se acabe? Piénsalo bien antes de responder, porque si no…
—Sí. —La interrumpió. Y con eso, apagó la última chispa de esperanza que le quedaba.
Celia se tragó a la fuerza la frase: "Porque si no, no volverás a ver a tu hijo en la vida".
Al principio creyó que solo eran palabras de desánimo. Incluso pensó que, dada la situación de los Herrera, él tomaba esa decisión para protegerla y quiso decirle que, pasara lo que pasase, ella estaría a su lado. Pero él no le dio la oportunidad. Quizás, de verdad quería romper y rendirse.
De repente, ya fuera por la angustia o el embarazo, sintió un vuelco violento en el estómago. Las náuseas la invadieron, dejándola profundamente indispuesta. En ese preciso instante, divisó a Nicolás.
Él notó que algo iba mal y se acercó a toda prisa. Ella se aferró a su brazo, pálida como un fantasma.
—Sácame de aquí —le suplicó.
Al ver el semblante lívido de Celia, César reaccionó de inmediato y la sujetó por la muñeca.
—¿Qué te pasa?
—Ese hombre que está con Celia, ¿quién es? ¿Su nuevo amante? —Rocío se acercó a ella con tono inquisitivo.
Lía, que ya estaba irritable, perdió la paciencia al verla.
—¿Qué amante? ¿A ti qué te importa?
—Te gusta, ¿verdad? —Rocío sonrió.
Lía se sorprendió y lo negó de inmediato.
—¡No digas tonterías!
—Lo he visto —insistió Rocío, ignorando su enfado—. Desde que entró en el salón, no le has quitado el ojo de encima. Qué lástima, parece que a él solo le interesa Celia, ¿no?
Lía apretó los labios y guardó un silencio tenso. Rocío sonrió y se acercó un poco más.
—Qué envidia me da Celia. Aunque deje a los Herrera, siempre encuentra a los mejores hombres. Pero, sinceramente, creo que ese hombre te pega mucho más a ti.

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