Al final, Nicolás la dejó entrar. La sala estaba a oscuras. La única fuente de luz provenía de la puerta abierta de su habitación. Solo cuando él encendió la luz empotrada, el lugar se iluminó un poco. Lía miró a su alrededor con curiosidad.
—Este apartamento no parece nada barato.
—Deja las cosas y vete a casa. —Nicolás sacó su cartera de la chaqueta—. Solo tengo algo de efectivo ahora. Te pagaré la medicina y la cena.
Dicho esto, dejó el dinero sobre la mesa. Lía no los tomó.
—Señor Gómez, ¿qué significa esto? Soy una buena persona haciendo una buena acción. No vine aquí para cobrarte.
—No me gusta deberle nada a nadie.
—Tampoco te estoy pidiendo que me debas nada. Si no fuera por Celia, ¡ni siquiera me importarías! —Lía se sentó en el sofá con los brazos y las piernas cruzados—. Además, eres mi jefe. Si tú no te preocupas por ti mismo, los demás en la empresa sí lo hacen. Si te pasa algo, ¿quién se haría cargo de ellos?
Nicolás arrugó el entrecejo, pero no dijo nada. Lía deslizó la medicina hacia él.
—Primero tómate esto.
—Ya te dije que ya tomé algo antes —dijo él con una expresión de resignación en la cara—. No estoy tan pobre. Aún tengo dinero para medicina.
Lía iba a replicar cuando, por casualidad, su mirada se posó sobre la mesa. Junto al frutero, había una caja de medicina para fiebre ya abierta. Se quedó sin palabras, sintiéndose un poco avergonzada.
—¿Tú… de verdad ya la habías tomado?
—¿Qué pensabas? —respondió él con clara exasperación.
Lía se levantó con una sonrisa incómoda.
—Mejor así. Pensé que tal vez… —No pudo continuar—. Bueno, da igual. Quizás imaginé demasiado. Ya que tomaste la medicina, descansa. Ah, y la cena, cómela mientras esté caliente. Me voy.
Lía salió casi corriendo del apartamento. Nicolás bajó la mirada, pensativo adivinando más o menos sus intenciones. Sus ojos se posaron en la bolsa de medicinas y en la cena sobre la mesa.
***
Cuando Celia llegó al instituto al día siguiente, algunos colegas ya la felicitaban por su compromiso. Ni ella misma esperaba que la noticia se hubiera extendido tanto por el lugar. Lía entró con cara de no haber pegado ojo. Al ver que no había descansado bien, Celia le preguntó:
—¿Trasnochaste?
Ella se sentó y apoyó la cabeza en la mesa.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró