Celia abrió los ojos en el hospital. Mientras yacía en la cama mirando el techo con la mirada perdida, Nicolás entró en el cuarto.
—Por fin despertaste.
Ella se incorporó despacio, presionándose las sienes con los dedos.
—¿Qué… qué me pasó?
Nicolás se sentó en la silla junto a la cama y la observó con seriedad.
—Eres doctora. Deberías saber que, en tu estado, no te convienen las emociones fuertes.
Celia quedó desconcertada, mirándolo.
—No entiendo lo que dijiste…
Él arrugó el entrecejo y, tras un breve silencio, le preguntó:
—¿No sabías que estás embarazada de seis semanas?
Celia se llevó instintivamente una mano al vientre. Con el caos que rodeaba a los Rojas, ni siquiera había asociado la ausencia de su periodo con un posible embarazo. No estaba preparada para eso. Además, siempre le habían dicho que sus probabilidades de concebir eran casi nulas. Y para colmo, la noticia llegaba en el peor momento imaginable.
Nicolás, al ver su expresión de desconcierto, confirmó que ella lo ignoraba por completo.
—Será mejor que no vayas a visitar a los Herrera en este momento —añadió con cautela—. Tienes que cuidarte mucho.
Celia bajó la mirada, guardando un silencio tenso.
—No. Tengo que ir —respondió al fin—. Sigo casada con César y sigo siendo nuera de los Herrera. Aunque no quisiera ir... tengo que hacerlo por la abuela Valeria.
Aún no asimilaba la muerte de la anciana. No esperaba que su último encuentro fuera una despedida definitiva. De pronto, sintió que la vista se le nublaba. Justo cuando las lágrimas amenazaban con salir, giró la cara para ocultarlas.
Antes de que ella pudiera hablar, el anciano suspiró con pesar.
—Los Herrera están pasando por un momento terrible y toda la presión recae sobre ti. Lo entendemos. No te fuerces más de la cuenta. Podemos llevar a Marta a la Ciudad de Solestia para que siga recibiendo tratamiento. Allí la atención médica es muy avanzada y en la familia Morales hay mucha gente que puede cuidar de ella.
Víctor apretó los labios, sumido en un silencio amargo. El anciano le dio una palmada en el hombro, tratando de consolarlo.
—Tú también lo estás pasando mal.
—Gracias —murmuró Víctor con la mirada baja.
Macarena y David observaban la escena con frialdad. Al enterarse de que los Morales no planeaban interferir en los asuntos internos de los Herrera, ambos respiraron con alivio.
En ese momento, la gente en la entrada se apartó y todos se volvieron. Celia y Nicolás acababan de entrar.
Al ver a Nicolás, los ojos de Lía se iluminaron por un instante, pero su alegría se desvaneció al notar que estaba acompañando a Celia. Rocío, a su lado, no pasó por alto el repentino cambio en su expresión.

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