La noticia se propagó como la pólvora por todas las plataformas digitales. La imagen de César, manchado de sangre, pero sin perder un ápice de compostura, no solo se hizo viral, sino que desató una guerra de opiniones en la red.
"¿Los ricos siempre tienen tanta clase? Ni siquiera se inmutó".
"Hay que admitir que su presencia es imponente. Si fuera yo, me habría puesto a llorar en el sitio".
"¿Su exesposa es alguna especie de hechicera? ¿Cómo ha podido convertir a un magnate en un hombre tan ciego?"
"Ahí lo tienen. Eso es lo que pasa por ser un romántico empedernido".
"La falta de conciencia es imperdonable. Por muy guapo que sea, no lo acepto. Sugiero que investiguen de dónde sale su dinero. Ganar tanto debe ser demasiado fácil para él. Definitivamente hay problemas detrás de su éxito".
Mientras tanto, en un exclusivo club hípico a las afueras de la capital, David, Macarena y Zack brindaban frente a un televisor que emitía precisamente las noticias más candentes del día.
—No esperaba que usted fuera tan implacable con su propio sobrino —comentó Zack, dirigiendo una mirada inquisitiva a David.
David acarició el borde de su copa de cristal con la yema de los dedos, sonriendo con indiferencia.
—Si yo fuera blando con él, él no dudaría en destruirnos.
Macarena, sentada a su lado, asintió con desdén.
—César es demasiado terco. Se cree que puede controlarlo todo. Ya es hora de que aprenda una lección. En los negocios, el que gana se queda con todo y el que pierde cae al fango.
Zack chocó su copa con la de ella.
—Por cierto, ¿cuál es su punto débil? Su exesposa, ¿verdad?
Macarena sonrió con sorna.


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