—¿Acaso no te sientes feliz? —preguntó ella.
Él vaciló por un breve instante, luego posó su mirada en la cara de ella.
—¿Y quién te ha dicho que no?
—¿No te preocupa que alguien se entere de que están aquí conmigo? —Celia se ajustó el abrigo para protegerse del frío y se colocó justo a su lado—. No olvides que, ante los ojos de los demás, estamos legalmente divorciados.
César sonrió.
—A estas horas de la noche, todos están sumergidos en sus propios asuntos festivos. ¿Quién demonios va a fijarse en lo que hacemos?
Ella asintió suavemente con la cabeza, dándole la razón.
—Supongo que tienes razón.
—Tomás me puso al tanto de que Alfredo te mandó una tarjeta de invitación para su evento.
—Así es. —Celia bajó la mirada y parpadeó con suavidad—. En un principio no tenía la intención de asistir, pero insistió mucho a través de su mensajero. Al final, consiguió despertar un poco mi curiosidad.
César se giró hacia ella.
—Por lo de Alicia, ¿cierto?
El hecho de que él estuviera enterado de la tragedia no la sorprendió.
—Ese día va a ser muy interesante —comentó él, retirando la mirada con una intención oculta—. Incluso yo tengo ganas de presenciar lo que va a pasar.
Celia lo miró, arqueando una ceja.
—¿Tienes ganas de presenciarlo? ¿No tienes miedo de que todos ellos decidan aliarse en tu contra para destruirte?
César le sostuvo la mirada, clavando sus ojos en los de ella.
—Si de verdad lo hicieran, ¿sentirías un poco de lástima por mí?
Ella desvió la cara, evadiendo dar una respuesta directa.
—Eso ya lo veremos en su debido momento.

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