—Si están satisfechos, firmamos el contrato y les dejo la casa en seguida. Pueden mudarse cuando quieran —dijo la dueña, con una mezcla de entusiasmo y urgencia. Celia notó que tenía muchas ganas de alquilar la casa. Sin embargo…
—Si tienes deudas y alquilas la casa, ¿dónde vas a vivir? —preguntó Celia.
Alguien con problemas económicos debería pensar en su propio alojamiento. Alquilar la casa significaba que ella tendría que irse a otro sitio. Era una pregunta necesaria para evitar futuros problemas.
—Me mudo a un dormitorio gratuito —respondió la dueña—. Y como ustedes no buscan un alquiler a largo plazo, es la oportunidad perfecta para saldar mis deudas. No se preocupen, no les pondré excusas para quedarme con el depósito. Aquí, en el extranjero, somos compatriotas.
Su respuesta fue clara y sin rodeos. Celia se sintió atraída por la oferta. Mil novecientos dólares al mes no era un precio excesivo para ella. Se volvió hacia Ben.
—Ben, ¿qué opinas?
Él no respondió. Celia siguió su mirada, que estaba puesta en la dueña. Esta última también los miró a ambos, sin entender que pasaba.
—¿Hay algún problema?
—Trato hecho —dijo Celia, alzando la voz. Luego dio un paso atrás y se colocó al lado de Ben—. ¿Dudas?
—Sí —respondió Ben, con calma. Retiró la mirada de la dueña y se volvió hacia Celia—. Aunque solo sea un alquiler a corto plazo, ella tiene deudas. Dice que la casa no está embargada, pero no sabemos si está hipotecada. Al menos debería mostrarnos un informe de solvencia.
Celia quedó sin palabras. Había pensado que Ben sentía algo especial por la joven… Pero él tenía razón. Había que asegurarse de que todo en la casa estuviera en orden. Si no, podrían tener problemas con los acreedores.
La dueña, consciente de que debía demostrar su solvencia, entró en el sitio web de una agencia de crédito, consultó su historial y situación financiera, y les mostró la pantalla.
—Pueden comprobarlo. No he manipulado nada —dijo.
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