Cuando Salma terminó la transmisión y regresó a la residencia estudiantil, Amy estaba sentada frente al espejo del tocador, con una sonrisa de satisfacción, ajustándose el collar que llevaba puesto. Desde el reflejo del espejo, al verla entrar, Amy dijo:
—¿Aún estás enfadada? Le conté lo de tu casa para ayudarte. En realidad, no hace falta que la alquiles, no tienes por qué pasar malos ratos.
Salma no le respondió. Se dirigió a su mesa, dejó el bolso y guardó silencio. Amy se giró para mirarla.
—El señor Linares te tiene mucho cariño. Hoy fue a tu casa.
Salma se sorprendió.
—¿Qué demonios?
—Fue a tu casa a hablar con los inquilinos para que te devuelvan la propiedad. En cuanto a los gastos, él se encarga. No tienes que preocuparte por nada —dijo Amy con una sonrisa, como si la estuviera ayudando a resolver un problema grave.
Salma soltó una risa seca. Su hermosa cara se oscureció.
—Soy la dueña de esa casa. ¿Quién les dio permiso de decidir por mí?
Tomó el bolso y salió de la habitación corriendo. Amy estaba confundida. No esperaba que Salma, que normalmente era tan tranquila, se enfadara así por unos inquilinos.
“¿Está loca?”, pensó ella.
***
Salma fue directamente a su casa. Al ver a los operarios reparando la puerta, comprendió la gravedad de lo ocurrido. Sabía que Tristán no iba a ser amable al pedir que se fueran. Sintió una mezcla de rabia y remordimiento.
Ben, que estaba en la entrada dando indicaciones a los operarios, se giró al oír pasos apresurados. Al verla entrar, su mirada se cruzó con la de ella. Salma iba a decir algo, pero en ese momento Celia salió de la casa.
—¿Salma?
Al ver las manos y las rodillas de Celia vendadas, Salma se acercó rápidamente.

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