Celia se sorprendió.
—¿Fue él?
Salma esbozó una sonrisa amarga.
—Mala suerte, supongo. No esperaba que se atreviera a pegarme.
—¡Pero deberías haberlo denunciado!
—Aunque lo denuncie, solo estará detenido unos días. Su padre lo sacará enseguida. Lo hizo antes con otros. Los afectados solo reciben una compensación económica.
Celia quería decir algo, sin embargo, guardó silencio. Recordó su propia historia y sintió un fuerte impulso de ayudarla.
—Esto no se puede quedar así —dijo con determinación—. Hoy te golpea, mañana podría matarte. Dejar que alguien así siga suelto por ahí es peligroso para todos. —Luego, le preguntó—: Tristán debe tener muchos enemigos aquí, ¿cierto?
—Sí, bastantes —respondió Salma—. ¿Por qué?
—Mientras más enemigos tenga, mejor para nosotros. Por mucho dinero que tenga, solo es influyente en nuestro país. Y estamos en Montelva. Si ese tipo se mete con alguien de aquí, basta un pretexto para que las locales poderosos actúen, ¿no? —Celia se volvió hacia su hermano—. ¿Qué opinas, Ben?
Salma dudó un poco.
—Pero… él nunca se ha metido con los locales.
Aunque fuera arrogante, solo se atrevía a molestar a sus compatriotas, a los locales nunca los había provocado.
—Podemos filtrar la noticia de la agresión a quienes más lo odian y crear un gran revuelo en redes sociales. Dos o tres personas no se atreverán a enfrentarlo, pero si se juntan veinte o treinta, alguna de las víctimas se atreverá a dar el primer paso.
Ben se cruzó de brazos y sonrió.


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