Al ver la actitud desafiante de Tristán, Rodrigo recordó las palabras de Ben e hizo silencio. Durante años, Tristán se había ganado muchos enemigos. Y cada conflicto era una oportunidad para que otros usaran eso en su contra. Si no hubiera investigado los antecedentes de Ben, quizás no habría dado importancia al problema que su hijo menor había causado… Sin embargo, ¿qué pasaría si Ben decidía…?
—El otro día te metiste en la casa de una persona. Hoy hablé con él —dijo Rodrigo.
Tristán se levantó de inmediato y se le acercó.
—Papá, ¿dónde está? ¡No puede dejar que se vaya así nomás!
—¡Cállate! —Rodrigo lo interrumpió con un grito—. ¿Crees que es alguien a quien puedes manipular? ¡Es un Rojas de Ficus!
¿Los Rojas de Ficus? Tristán dudó un momento, pero no pareció darle importancia. Hizo un gesto despreocupado con la mano.
—¿Y qué? Ahora no están en Ficus. ¿Por qué debería tenerle miedo?
—Basta —dijo Rodrigo, frotándose las sienes, agotado—. No tienes idea de la gravedad del asunto. Quédate en casa estos días. Si vuelves a causar problemas, te enviaré de vuelta a nuestro país.
Pero por más que Rodrigo intentara evitarlo, lo que temía se hizo realidad. La noticia de la agresión de Tristán se extendió rápidamente por la ciudad. Quienes ya tenían rencillas con él avivaron el fuego, difundiendo más información en internet hasta que se volvió viral. Poco después, alguien aprovechó la ola de indignación para sacar a la luz viejos escándalos de Tristán.
Rodrigo había estado a punto de cerrar un trato con una empresa local, pero la negociación fue suspendida por la mala publicidad. Aunque intentó reunirse con el director ejecutivo, la respuesta fue clara: no querían asociarse con la empresa de un acosador.
El escándalo creció tanto que los amigos de Tristán empezaron a evitarlo. Un día, mientras conducía, otro auto chocó contra el suyo. Enfurecido, se bajó a protestar. Del otro vehículo bajaron varios hombres corpulentos, cubiertos de tatuajes. Lo inmovilizaron contra el cofre del auto mientras uno de ellos grababa un video y se burlaba de él, diciendo que el hombrecito rico al que nadie se atrevía a tocar ahora estaba como un perro manso. Luego lo golpearon. Tristán gritó pidiendo ayuda, pero nadie acudió.
Cuando terminaron, le robaron la cartera y las llaves, y se fueron tranquilamente. Tristán quedó tirado sobre el cofre, con la cara ensangrentada, sin fuerzas siquiera para llamar a la policía.


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