Al mencionar a Mirasol, la expresión de Simón se ensombreció visiblemente. En su expresión no había ni rastro de preocupación por su madre. Se limitó a mostrar una profunda indiferencia.
—Parece que te preocupas más por ella que yo.
—Ella te formó, te dio todo lo que tienes. Ahora que las cosas se le complicaron, ¿ni siquiera vas a reconocerla? —preguntó Ben, mientras empezaba a arrugar el entrecejo.
De todos los Rojas, aparte de Miguel, Simón era sin duda el más difícil de leer. Era cruel, pero también poseía una frialdad que calaba hasta los huesos. No era de extrañar que hubiera podido manipular a Rodrigo y a Águila con tanta facilidad.
Simón rio con frialdad.
—Ella eligió su propio camino. No debe culpar a nadie más. Ben, sé que el viejo tiene puestas todas sus esperanzas en ti, pero me temo que voy a decepcionarte. Esta familia tiene una deuda pendiente conmigo y pienso cobrarla. Cualquiera que se me cruce... terminará igual que Águila.
Dicho esto, dio media vuelta y se marchó. Ben se quedó allí con una expresión seria. ¿Una deuda de los Rojas con él? ¿A qué se refería…?
En ese momento, desde la ventana de su estudio, Ferlín observaba la escena en el jardín con las manos a la espalda. El mayordomo se le acercó por detrás con una caja de medicina, inclinando la cabeza con respeto.
—Señor, es hora de que se tome su medicina.
Ferlín tomó el vaso y tragó todas las cápsulas de una vez. Al dejar de lado el vaso, hizo una pregunta repentina:
—¿Qué piensas de Ben?
El mayordomo se tensó y respondió de inmediato:
—Es un joven bueno. Es leal, tiene los pies sobre la tierra y mucho criterio.
—Tienes un buen concepto de él. —Ferlín volvió a clavar la vista en la ventana—. ¿Y qué me dices de Simón?
El mayordomo dudó unos segundos, manteniendo la cabeza baja.
—Bueno... no me siento con derecho a opinar sobre el señor Simón.


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