—¿Quién está ahí?
Simón miró a su alrededor, alerta. Celia se contuvo y estaba a punto de salir de su escondite cuando vio con sorpresa a Lluvia aparecer por otro lado. Ella estaba ahí, de pie, mirando fijamente a Simón y a Andrés. Estaba pálida y su voz se quebró al hablar:
—Simón… lo que dijeron, ¿es verdad? La muerte de mi mamá… ¿fue culpa de ustedes? —habló con un hilo de esperanza, porque no podía creer lo que acababa de oír.
Simón se quedó inmóvil y no le respondió. Andrés soltó una carcajada de loco, señaló a Simón y luego a sí mismo.
—¡Ja, ja, ja! ¡Sí! ¡No estoy a la altura de Miguel y Enzo! Pero me usaste, ¿y ahora qué? —Luego señaló a Lluvia—. ¡Tu sobrina favorita te está preguntando algo! ¿Vas a responderle? ¿Vas a decirle que el verdadero culpable de la muerte de su madre fuiste tú?
Lluvia miró fijamente a Simón. Como no recibió la respuesta, lo entendió todo. Las lágrimas brotaron de sus ojos al instante. De repente, recordó lo que Simón le había dicho aquel día:
“Mientras no me guardes rencor en el futuro, me basta”.
Pero ¿cómo no iba a guardarle rencor? ¡Era su madre! Deshecha en llanto, echó a correr. Simón reaccionó al instante y, con una expresión sombría, ordenó:
—¡Deténganla!
Uno de los guardaespaldas se disponía a perseguirla cuando Celia salió de su escondite.
—Simón, ¿también quieres hacerle daño a Lluvia?
—Con que tú también estabas aquí. —Simón lo comprendió todo—. Ya veo. Tú la enviaste a mi cuarto. Supongo que ya lo sabes todo.
Celia se puso frente a Lluvia para protegerla.
—Lo que yo sepa no es lo importante. Lo importante es lo que hiciste. Si es venganza, no impliques a inocentes.
—¿Venganza? —Andrés miró a Simón con confusión—. ¿De qué te quieres vengar?
Las palabras de Celia hicieron que la expresión de Simón cambiara un poco, pero enseguida recuperó su gesto siniestro.
—Celia, esto no es asunto tuyo. Te aconsejo que no te metas.
Ella no cedió ni un paso.
El tono de Ben era de reproche, pero sin enojo real.
—¡Miguel, Enzo, sálvenme! ¡Simón está loco! ¡Lo confesó todo!
Andrés, aún en manos de Simón, ya no se preocupaba por la vergüenza. Sabía que su vida corría peligro. Miguel miró a Simón con calma.
—Simón, podemos hablar de esto con calma.
—No tengo nada que hablar con ustedes. Si les preocupa la seguridad de Andrés y de ellas, mejor preocúpense por Ferlín.
—¿Qué hiciste? —preguntó Enzo, alarmado.
—No quería adelantar mis planes, pero no me dejaron otra opción. —Simón parecía una fiera acorralada, con una luz de locura en los ojos—. ¡La deuda que los Rojas tienen conmigo no la pagarán en esta vida! ¡Pero la vida de Andrés me la llevo primero!
Simón sacó un cuchillo y, con un movimiento rápido, se lo pasó por el cuello a Andrés. La sangre brotó a chorros de su yugular al instante.

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