La expresión de David se ensombreció al instante.
—¿Qué haces aquí?
La aparición de Nicole no auguraba nada bueno. David fulminó con la mirada a su asistente.
—Ye dije que no quería ver a nadie.
El mensaje era claro. Él debía encargarse de despacharla. El asistente, sin otra opción, intentó detener a Nicole con evidente desgana.
—Señorita, lo siento, pero el presidente tiene la agenda llena hoy.
David, hundido en el sofá, dejaba muy claro que no pensaba recibirla. Nicole bajó la mirada y mostró una sutil sonrisa profesional.
—Señor, vine a verlo por un asunto urgente relacionado con su esposa.
David se sorprendió, pero guardó silencio. Nicole apartó suavemente al asistente y se acercó a él.
—Ella ha estado en Ficus estos días.
—¿Qué dices? —David levantó la cabeza de golpe.
Obviamente, no tenía ni idea. De inmediato, la duda brotó en su interior: ¿qué demonios hacía ella allá?
—Se enteró de que el señor César sigue vivo y que se encontraba en Ficus, así que fue a buscarlo por su cuenta. Si no me cree, puede solicitar el registro de los vuelos de hace quince días.
La expresión de David se tensó. Sus manos se cerraron en puños por instinto. La información era irrefutable, porque el registro de los vuelos no lo engañaría. Tras un momento, replicó con tono cortante:
—Aunque haya ido a Ficus, ¿qué ganas contándome esto?
Nicole sacó un documento de su carpeta y lo dejó sobre la mesa de centro con parsimonia.
—¿Por qué no lo comprueba usted mismo?
David lo tomó y lo abrió. Al leer las palabras "separación de la herencia", entrecerró los ojos. Su semblante cambió por completo al ver la firma al pie del documento: era la letra manuscrita de Macarena, aceptando los términos.
—¡No me vengas con tonterías! —David arrojó los papeles sobre la mesa y se levantó de un salto—. ¡Ni siquiera su padre se atrevió a pedir algo así! ¡Qué arrogancia la de César! Por decirlo de forma elegante, lo llama "separación", pero en crudo, ¡lo que quiere es expulsarnos de la familia!


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