Rocío se aferró con fuerza al brazo de Alfredo y dijo sonriendo:
—A lo mejor no lo sabes, pero Alfredo y yo ya nos vamos a comprometer.
Al escucharla, Celia se sorprendió mucho. Miró a Alfredo, pero él desvió la mirada para evitar sus ojos.
En realidad, a ella no le importaba con quién se casaría. Lo que la dejó estupefacta fue que su pareja de conveniencia fuera Rocío. Sería una relación incestuosa, ¿no? ¿Acaso David no sabía que la madre de Alfredo era su media hermana por parte de padre? Y si Valeria no se lo había dicho, ¿cómo era posible que Alfredo no estuviera enterado?
Celia contempló a Rocío, quien lucía muy orgullosa, y de pronto le pareció que la situación era bastante ridícula.
—Pues muchas felicidades a los dos. Si no hay nada más, no les quito más tiempo.
No tenía intenciones de seguir enredándose con ellos, así que se fue a toda prisa.
Alfredo clavó la mirada en la espalda de Celia mientras se alejaba. En su cara se dibujó una mueca de amargura e ironía. Ella no se había sorprendido por su repentino compromiso, sino por lo inapropiado de la persona elegida. Tal vez en su interior se sentía asqueada y lo repudiaba. Su familia ya había perdido cualquier escrúpulo con tal de conseguir beneficios… Ahora, a él ya no le quedaba ningún futuro digno...
Rocío reparó en la expresión de Alfredo y asumió que sentía nostalgia y desilusión por ver partir a Celia. Le soltó el brazo, mientras le advertía con una sonrisa llena de frialdad:
—Escucha, guarda tus trucos. No olvides la alianza que tienen nuestras familias. Aunque no quieras, yo seré tu futura esposa.
Alfredo le echó un vistazo con indiferencia. En el instante en que se dio la vuelta para regresar al privado, un desprecio absoluto inundó su pecho.
"Qué estúpida", pensó.
Celia no tardó mucho en regresar a la mesa, y la comida terminó poco después. Salió del restaurante con Samuel y los demás para despedirse.
Durante el breve trayecto hacia el estacionamiento, empezó a nevar. Toda la ciudad quedó cubierta por una sutil y borrosa capa blanca, mientras el viento colaba pequeños copos de nieve por el cuello de su ropa.
Celia se acomodó el cuello de su abrigo para protegerse del fríoy caminó hacia la calle para tomar un taxi. En ese momento, alguien se le acercó por la espalda y una sombra inesperada la cubrió.
Se sorprendió y, al voltear, sus ojos chocaron directamente con la mirada serena de César. Él sostenía un paraguas negro, inclinándolo hacia ella, lo que hacía que la mitad de su propio cuerpo se vio humedecidos por la nieve que caía.
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