Salma no le dio la menor importancia al comentario.
—Tranquila, ya encontraré la manera de solucionar lo del dinero. Lo demás ya se verá con el tiempo.
Amy se encogió de hombros, mostrando desinterés.
—Como quieras. La verdad es que no entiendo por qué prefieres alquilar tu villa y venirte a vivir a un cuarto compartido en la residencia, en vez de permitirte una vida muchísimo mejor. Cualquiera que lo supusiera pensaría que eres una hipócrita.
Dicho eso, se colocó de nuevo los auriculares y regresó a su juego en la computadora.
Salma se quedó contemplando el lienzo inacabado, con la mente en blanco. No era la primera ocasión en que escuchaba ese tipo de críticas, pero siempre le dejaban un sabor amargo en la boca. La belleza física podía abrir muchas puertas, sin embargo, para alguien de origen humilde como ella, a menudo se la consideraba como un jarrón decorativo: debía mantenerse en su sitio, lucir bien y guardar silencio, sin derecho a soñar con algo más.
Cuando volvió en sí, se percató de que la pintura azul se había esparcido de más sobre el papel, formando una mancha informe. Soltó un suspiro de frustración. La inspiración se había esfumado.
***
Por su parte, Celia llevaba ya varios días integrada en el equipo de investigación, totalmente centrada en el estudio de la degeneración neurofibrilar en pacientes con Alzheimer. Pasaba las mañanas enteras en el laboratorio, revisando minuciosamente informes de casos clínicos y datos recabados durante los últimos diez años. Incluso había logrado identificar varios puntos ciegos que otros investigadores no habían sido capaces de conectar.
—Celia —dijo Michelle, acercándose a su cubículo con un nuevo fajo de documentos—. Espero que esta información te sirva de ayuda para tus análisis.
Celia hojeó los papeles rápidamente y levantó la cabeza, sonriendo.
—Muchísimas gracias.
—No tienes nada que agradecer. La verdad es que tu línea de investigación me resulta interesante, y a mis compañeros también. En el campo de la medicina, el daño cerebral es uno de los problemas más difíciles de revertir. En este instituto casi nadie quiere perder su tiempo con eso. Por ello, me sorprendió bastante que decidieras embarcarte en este proyecto. Si en algo puedo apoyarte, estaré más que encantada.
Sus palabras no sonaban a adulación, sino a una auténtica convicción profesional. Celia sabía perfectamente que la investigación sobre el Alzheimer era un proceso lento, costoso y agotador. A excepción de los especialistas experimentados, muy pocos en el instituto optaban por dedicarse a ello.
—Si desean unirse, son más que bienvenidos. Cuantas más mentes seamos, mejor será el avance.
Michelle aceptó la propuesta sin dudarlo.
Por la tarde, Michelle se encargó de llevar a Celia de regreso a su casa en su auto. Ben, quien solía encontrarse en la propiedad a esa hora, había salido. Sobre la mesa del comedor, dejó un papel con una breve nota manuscrita.


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