Ben se quedó en silencio durante tanto tiempo que Celia llegó a pensar que la llamada se había cortado. Hasta que, al fin, su voz resonó de nuevo a través de la línea.
—¿Él lo sabe?
—No, no se lo he dicho —respondió ella en voz baja.
Ben tomó aire profundamente, asimilando la noticia.
—Voy a enviar a Jacob y a un par de hombres a la capital para que se encarguen de cuidarte.
—No, eso es imposible —explicó ella de inmediato, descartando la idea—. Los Herrera no tienen idea de que estoy embarazada, pero Macarena ya comenzó a sospecharlo. Si envías gente a vigilarme, no sé si tu sobrino podrá nacer sano y salvo.
Ben meditó en silencio por unos instantes. Intuyó algo a partir de sus palabras. No volvió a hacer ninguna pregunta sobre ella y César.
—No me agrada en lo absoluto la idea de que estés sola en la capital.
—Tengo a alguien de mi entera confianza que es bastante competente, así que quédate tranquilo. Ah, y por favor, dile a papá que no se preocupe por mí.
Tras colgar, Celia volvió a fijar la mirada en las noticias y se quedó pensativa durante un largo rato.
***
Nicole dejó a Alicia cerca de su departamento. Estacionó el auto, se volvió hacia ella y le dijo en tono de advertencia:
—Señorita, tres días deberían ser más que suficientes para usted. Espero que lo medite bien.
Alicia bajó del auto y permaneció de pie junto a la entrada, viendo cómo Nicole se alejaba en el horizonte. Apretó su bolso con fuerza, apretó sus labios y caminó hacia el interior del complejo residencial.
Al abrir la puerta de su hogar, lo primero que vio fue a Alfredo sentado en el sofá. El hombre miraba fijamente la pantalla de su celular, leyendo con detenimiento las escandalosas noticias de la mañana. Alicia, invadida por los nervios y la cautela, se aproximó lentamente.
—Señor Suárez…
—¿Te tocó? —Alfredo ni siquiera se molestó en levantar la mirada. Se limitó a deslizar el dedo por la pantalla una y otra vez.
Alicia guardó silencio por un breve segundo y luego negó con la cabeza.
—No…
Ella sabía perfectamente lo que en realidad había ocurrido la noche anterior.
***
Mientras tanto, Rocío se sintió muy asqueada al enterarse de que Alicia estaba viviendo en el departamento que Alfredo le había conseguido, tanto que fue incapaz de probar bocado en el desayuno. Macarena, al notar su evidente desagrado, dejó el tenedor sobre la mesa.
—¿Qué te pasa ahora? —preguntó.
—Es que no logro comprender cómo pudiste enviar a una mujer como Alicia para seducir a César. Esa muchacha es una cualquiera. No pienso tolerar que me pongan los cuernos antes de que me case con Alfredo. —Rocío se quejó, despreciaba a Alicia con la misma intensidad con la que odiaba a Celia. De hecho, sentía repulsión por todo lo que estuviera mínimamente relacionado con Celia.
Macarena adoptó una expresión de profunda resignación.
—Eres tan impaciente. Alicia no es más que un simple juguete para los hombres. Ya sabes de sobra que Alfredo es un libertino. Si algún día te conviertes en dueña de la familia Suárez, que él decida regresar o no a la casa por las noches será lo de menos. Lo verdaderamente importante es que tengas el poder en tus manos, no que pretendas atar a un hombre a tu lado.
—El simple hecho de imaginar que se acuestan me revuelve el estómago. Mamá, ya no quiero casarme con Alfredo —protestó Rocío. En realidad, jamás había querido unirse a él, pues sus aspiraciones siempre habían sido mucho más altas, y los Suárez no le llegaban ni a los talones a sus pretensiones.
—No digas estupideces. Si él ya se digna a pedir tu mano, no aspires más que esto —sentenció Macarena mientras se levantaba de la mesa y se retiraba del comedor.
Esas le palabras cayeron como un balde de agua fría, apagando por completo la última pizca de esperanza que le quedaba a Rocío. Después de todo, desde aquel turbio incidente de la droga con Ben, ya había perdido todas las posibilidades de conseguir un matrimonio prestigioso en la capital. ¿Y de quién había sido la culpa? ¿Acaso no había sido su propia madre la que urdió toda esa estrategia?
Fuera de sí y completamente cegada por la ira, Rocío barrió con la mano la mesa, arrojando toda la vajilla al suelo. Ya no era capaz de contener el resentimiento que la carcomía, aunque la responsable de su desgracia fuera su propia madre.

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