César no soltó el aparato. Los músculos de sus brazos se tensaban de forma notable con cada movimiento. Cuando terminó las repeticiones, dejó la barra en su sitio, tomó la toalla y miró a Tomás.
—Me da la impresión de que te sientes muy cómodo instalado en esa furgoneta.
Tomás agitó la mano a toda prisa, negándolo:
—¡Para nada! La colchoneta de la furgoneta es durísima, no se compara nada con una cama normal. Mi única preocupación es que la señora se fue sin avisar a nadie y se llevó todo su equipaje. Me da la impresión de que no tiene la intención de regresar a la capital…
—No digas tonterías —le advirtió Nicole en voz baja.
Tomás bajó la cabeza de inmediato, guardando silencio.
César se secó el cuello, pensativo. Entendía que Celia había regresado a Ficus para pasar las fiestas con su familia, pero ¿por qué…? Dejó la toalla sobre el banco de ejercicios y le preguntó a Tomás:
—Antes de irse, ¿no te dijo nada especial?
—No… —Tomás se rascó la cabeza, tratando de hacer memoria. De repente, recordó un detalle—. Ah, el otro día se cayó por accidente del columpio y mencionó que le dolía un poco el vientre.
Nicole se sorprendió y César arrugó la frente en el acto.
—¿Y por qué demonios no me lo habías informado?
—Es que ella le aseguró a Carlos que se encontraba bien. No parecía tener ninguna molestia de gravedad, así que no le di mayor importancia. Sin embargo, después fui a buscar a la doctora que me había recomendado un amigo para que fuera a revisarla, pero para ese momento la señora ya se había ido.
—Vaya, qué bien te lo tomas, ¿eh? —Luego, se volvió de inmediato hacia César—. Jefe, no puedo asegurarlo con total certeza, pero tal vez sería una buena idea que acudiera al hospital para comprobar una sospecha que tengo.
Nicole recordó que Lía había estado a punto de revelar algo importante hace poco. Además, Macarena había sospechado abiertamente que Celia estaba embarazada, a pesar de que ella se encargó de negarlo rotundamente en su momento.
César la miró detenimiento. Sus dedos se cerraron con tanta fuerza que los nudillos le dolieron. Sintió un nudo amargo en la garganta y, al hablar, su voz sonó tensa:
—¿Qué debo comprobar?
Tomás, del todo confundido, intervino:
—Me pregunto lo mismo. ¿Para qué se supone que tendría que ir al hospital?


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