Los muebles, la cama y todo el cuarto tenían un aire visiblemente envejecido. Las paredes, pintadas con una combinación de blanco y verde, le otorgaban al espacio un extraño toque antiguo.
Olivia seguía sentada en su silla de ruedas, con la mirada perdida en el paisaje nevado que se extendía al otro lado del cristal. Lola se aproximó de manera lenta y cuidadosa. Dudó por un breve instante antes de romper el silencio.
—Madre.
—¿Qué se te ofrece? —preguntó Olivia sin voltear. Su tono de voz era indiferente.
Esa marcada distancia y su profunda frialdad, provocaron un doloroso nudo en el pecho de Lola. Caminó unos pasos y dejó la bolsa con los regalos que traía sobre la mesa.
—Me informaron que se encontraba en este lugar y vine a visitarla. Estoy al tanto de todo lo que pasó con los Suárez. No quiero pedirle explicaciones, pero sé perfectamente que usted sigue sin superar lo de mi padre tras tantos años…
—Cállate. —Olivia la interrumpió con una voz cortante y autoritaria—. Ese hombre ni siquiera tuvo el valor de reconocerte legalmente como su hija cuando estaba vivo. ¿Y todavía tienes el descaro de llamarlo padre?
Lola tomó el aire profundamente y la miró fijamente.
—Es verdad, él jamás me dio su apellido. ¿Y usted? Me trajo al mundo, pero ¿acaso me reconoció como su hija?
Olivia apartó los ojos de ella y regresó su atención hacia la ventana.
—Soy su hija, pero usted prefirió no mirarme nunca. En cuanto la niñera falleció, me trajo de vuelta al país única y exclusivamente para que me casara con Leonardo. No fue sino hasta ahora, con todo este escándalo de los Suárez, que me enteré de que usted siempre mantuvo un contacto directo con ellos. Pero en todo este tiempo nunca se tomó la molestia de preguntar si yo me encontraba bien, o si en esa casa me daban un buen trato —reprochó Lola con los ojos enrojecidos por el llanto, mientras se arrodillaba frente a la silla de ruedas—. Madre, ¿de verdad me odia tanto?
Olivia cerró los ojos con fuerza y se negó a mirarla a la cara. Sin embargo, los músculos de su mandíbula temblaban ligeramente, lo que delató su tensión. Al fin, habló con firmeza, y sus palabras resultaron todavía más hirientes:
—No existe ningún tipo de cariño entre nosotras, así que ni siquiera se puede hablar de odio. Traerte al mundo fue el resultado de una decisión impulsiva. Me arrepentí después, pero ya no servía de nada. La vida es exactamente igual que una partida de ajedrez: una vez que mueves la pieza, es imposible dar marcha atrás. En la actualidad ya formaste tu propia familia y tienes a tus hijos. ¿A qué viene entonces que te presentes aquí a cuestionarme si te odio?
Lola quedó completamente muda. Permaneció en silencio y de rodillas durante un buen rato antes de reincorporarse. Su voz sonó ronca cuando habló:
—Entiendo.
—No vengas más —ordenó Olivia.
Lola se detuvo un breve segundo antes de salir, pero prefirió no emitir respuesta alguna. Dio la vuelta y abandonó la habitación en absoluto silencio.



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