—¿Y qué tiene de malo? ¡Es tu casa! Además, hay una habitación libre —dijo Celia, tomando el botiquín y sentándose a su lado para cambiarle el vendaje.
Salma dudó y, mientras Celia retiraba la gasa, la detuvo con la mano.
—No sé si sea buena idea que me quede con ustedes.
—¿Por qué no? —Celia apartó la mano de Salma para retirarle el vendaje de la cabeza con cuidado—. Ben duerme arriba, nosotras abajo. Él solo baja para comer o cuando sale. El resto del tiempo se la pasa en su habitación.
Salma bajó la mirada.
—¿Y él estará de acuerdo?
—Claro que sí.
La seguridad con la que respondió Celia dejó a Salma desconcertada.
—¿Cómo lo sabes?
—Bueno… —Celia dudó un instante, luego sonrió con evasivas—. Porque él quiere que alguien me haga compañía.
Salma sonrió.
—Es la primera vez que una inquilina me pide que viva con ellos. Eres muy original.
—Todos querrían vivir con una casera tan guapa y comprensiva. Si yo fuera hombre, me casaría contigo y te mimaría como mereces.
Salma soltó una carcajada.
—¿Ahora también te haces la galante?
—Eso lo aprendí de alguien —dijo Celia, con una sonrisa pícara.
—¿De quién?
Celia dudó un segundo, y en sus ojos se reflejó una emoción profunda que no pudo ocultar.

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