Celia ya estaba en su auto. Habló con Ana sobre la situación general de los Rojas y le pidió que investigara el proyecto de colaboración entre la filial de Arco Rojo e Inversión Crepúsculo de hacía seis meses. Ana no estaba en Ficus. Si investigaba lo de Crepúsculo y la filial de los Rojas, no levantaría sospechas de que alguien de la familia estaba moviendo los hilos.
—De acuerdo, Celia. Puede que necesite algo de tiempo. —Ana aceptó el reto sin dudarlo.
Celia sonrió.
—Bien, te lo agradezco mucho.
—No hay de qué. Me diste una mano cuando más lo necesitaba. Esto no es ningún problema para mí. Si puedo ayudar, cuenta conmigo.
Celia sacó el auto del estacionamiento y se ajustó los auriculares.
—Parece que no solo cambiaste de departamento, sino que te ascendieron, ¿cierto?
—Jeje, sí, tuve esta oportunidad porque me recomendaste con el director antes de irte. Aunque el trabajo diario es bastante pesado, ¡por fin me libré de los turnos de noche!
—Solo te recomendé para el departamento de suministros, no pedí tu ascenso. Tienes experiencia y la capacidad. Lo conseguiste por tus propios méritos.
Que la trasladaran de la UCI al departamento de suministros y la nombraran supervisora demostraba que su valía era real. Al fin y al cabo, Ana conocía muy bien el manejo de los programas de los equipos médicos. Ya en la capital, Celia se había dado cuenta de eso.
—Lo sé, pero fue gracias a su empujón que tuve la oportunidad. —Ana sonaba muy sincera—. Así que sigues siendo como mi mentora, ¿no?
Celia sonrió. Tras charlar un rato más por el celular, colgó.
***
Estaba convencida de que los Morales no iban a limpiar el desastre de los Herrera. Además, César llevaba un año fingiendo estar bajo tierra y los Morales no habían movido un dedo. Eso demostraba que no pensaban meterse en el fango.
Andrés se quedó callado, meditando. Había oído los rumores sobre los Herrera. Aunque ahora desconfiaba de Macarena, ¿tenía otra salida?
Se había aliado con Simón, había traicionado a Mirasol para salvarse, y aunque Ferlín ya no le reclamaba nada, ni siquiera quería verle la cara. Sabía que a su padre aún le importaba lo que había hecho. De hecho, ya había perdido su lugar en la sucesión.
Y Simón… desde que estalló todo, ni siquiera le había devuelto una llamada. Sospechaba que Simón lo había usado como un peón descartable. Ante una situación desesperada, cualquier salida parece buena. Él ya no tenía elección.
—De acuerdo. Acepto. Pero, señora Méndez, no me defraude. Si lo hace, no dude que me llevaré a alguien por delante conmigo al infierno.
Dicho esto, levantó la taza de café, sellando el pacto con una advertencia letal: si ella lo traicionaba, él definitivamente la involucraría también.

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