A altas horas de la noche, Celia daba vueltas en la cama sin poder pegar ojo. Había imaginado lo que podía pasar, pero nunca que terminarían durmiendo cada uno por su lado. Antes, cuando estaba con César, él nunca dejaba escapar una oportunidad de tener relaciones con ella. Ahora, parecía mucho más comedido, casi un caballero. ¿Sería que había cambiado de verdad? ¿O era que ya no le pareciera atractiva? Ese pensamiento le dolió tanto como un golpe bajo. Después de todo, ¡estaba a punto de cumplir los treinta…!
Pensando, Celia apartó de golpe las sábanas y salió de la habitación. Casualidades de la vida, justo cuando ella salía, César también abandonaba la habitación de invitados. Sus miradas se cruzaron en el pasillo y, por un instante, la incomodidad flotó en el aire.
La mirada de César se posó en ella: llevaba el albornoz del hotel, con el cuello tan suelto que dejaba entrever sus curvas. Y ella parecía no darse cuenta del peligro. La nuez de César se movió imperceptiblemente. Su mirada se volvió más profunda, pero enseguida la desvió. Se esforzó por mantener su tono inescrutable.
—¿Aún no duermes?
Celia asintió con la cabeza, tratando de mantener la compostura en su cara.
—No. ¿Tú tampoco?
La luz del pasillo era tenue. Se quedaron allí, de pie, en un silencio extraño y pesado. Ella pensó en escabullirse de vuelta, pero los pies no le respondían. Parecían estar clavados al suelo. César también notó la tensión. Fue el primero en romper el hielo y, con sus largas piernas, se acercó a ella.
—Voy por un café.
—A mí también me apetece uno.
Él llegó a su altura y se detuvo. Su voz era aún más ronca que antes.
—¿Ya no piensas dormir nada?
Ella tomó aire, levantó la cabeza y lo miró directo a los ojos. Intentó sonar despreocupada.
—Me cuesta conciliar el sueño en camas que no son la mía.
—¿Ah, sí? —César entrecerró los ojos. Su mirada se demoró unos segundos en su cara de ella—. Yo juraría que es porque no me tienes a tu lado.
—¿Y tú qué?
César rio en voz baja, pero melodiosa.
—Yo, sí. Lo admito.
Lo reconoció sin rodeos: la echaba de menos. Antes de que Celia pudiera reaccionar, él se quitó la chaqueta que llevaba puesta y la envolvió con ella.
—Hace frío. No quiero que te resfríes.
Celia levantó la cabeza y se topó con sus ojos, profundos como el mar. César la rodeó para seguir su camino, pero cuando ya había dado un par de pasos, ella lo abrazó por la espalda. Las pupilas de él se dilataron, y el corazón le dio un vuelco. Sintió cómo la nuez se le movía de nuevo por la excitación. Se giró lentamente para quedar frente a ella, atrapándola entre sus brazos.
—Celia, si sigues así, me voy a arrepentir.



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