Marcó el número, pero las llamadas no obtuvieron respuesta. Mirasol soltó una sarta de insultos. Con ansiedad y frustración, marcó una y otra vez, hasta que, de un manotazo, derribó la copa de la mesa. El sonido del cristal haciéndose añicos la golpeó como una revelación cruel: estaba sola, todo el mundo la abandonó.
"Qué ridículo", pensó.
Para llegar hasta allí, se había esforzado al límite. Se había entregado a un anciano con un pie en la tumba e interpretó el papel de esposa virtuosa. Solo esperaba que, cuando el viejo muriera, ella obtendría lo que quería… ¡Eso era lo que habían acordado! ¡Pero él la había traicionado sin más! ¡Ahora ni siquiera le ofrecía un poco de compasión!
En medio de su desesperación, su celular sonó de golpe. Creyendo que era Andrés devolviéndole la llamada, contestó de inmediato.
—¡Andrés! ¿Por qué tardaste tanto en contestar?
—Soy yo, madre.
Al reconocer la voz de Simón, Mirasol se puso rígida un instante y para luego soltar con furia:
—¿Por qué me llamas? ¿No te basta con haberme arruinado la vida? ¡Te crie todos estos años! Si no fuera por mí, no tendrías la posición que tienes hoy. ¡¿Y así me lo pagas?!
La ira de Mirasol no conocía límites. Cuando supo que todo el plan de Andrés para exponer su aventura había sido idea de Simón, sintió que se le helaba la sangre. ¡Podría haberlo estrangulado! ¡Su hijo era un completo desagradecido!
—Cierto, y tengo que agradecérselo, madre. Si no fuera por usted, no habría tenido que soportar tantos años de tortura y sufrimiento. —La mirada de Simón se volvió indiferente, sin emoción alguna—. Para corresponderle, le preparé un regalo con mis propias manos. Espero que sea de su agrado.
—¿Qué quieres decir…?
Antes de que Mirasol pudiera terminar, él colgó. Ella se quedó desconcertada unos minutos. Luego, recibió un mensaje. Al ver el antiguo video que le enviaban, Mirasol se agarró la cabeza y rompió a gritar desconsoladamente…
***
Al día siguiente, Lluvia fue a la residencia de Simón. Había estado allí tantas veces que ya conocía el camino de memoria.
—Señorita Valdés, ¿viene a visitar al señor?
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