Instintivamente, Lluvia retrocedió y chocó con el estante que tenía detrás. Varias cajas de medicinas, junto con relojes caros y joyas, cayeron a la mesa. Se sobresaltó y empezó a recoger todo rápido. Al tomar las cajas de medicamentos, vio que eran de Valmora, con textos que no entendía. Sacó el celular y les tomó una foto. En ese momento, desde fuera escuchó la voz de Alex.
Nerviosa, terminó de acomodar todo y salió rápido del vestidor. Justo cuando llegaba a la puerta, esta se abrió. No tuvo de otra que esconderse en el baño.
—Señor, la señorita Valdés dijo que venía por unos libros, pero ahora no la encuentro —dijo Alex afuera.
—Tranquilo. Puedes retirarte.
—Bien, señor.
Pegada a la puerta, Lluvia escuchaba con el corazón a mil por hora, pálida y con las manos apretadas. ¡Simón había vuelto! ¿Y ahora qué haría?
—Lluvia, no te escondas. Ya te vi.
Lluvia se tensó al instante. Mientras dudaba, la persona afuera volvió a hablar:
—Si no sales ahora, no seré tan comprensivo.
Ella tomó aire y salió del baño con mucha cautela. No se atrevía a mirar a Simón a la cara.
—Lo… lo siento, no fue mi intención entrar a tu cuarto. ¡Solo tenía curiosidad!
Simón se acercó a ella.
—¿Qué viste?
—Pues … —Ella se mordió el labio y cerró los ojos con fuerza—. ¡Te prometo que no le diré a nadie que te gusta vestirte de mujer!
Simón guardó silencio por un instante. Después de un largo rato, su tono se suavizó un poco.
—Que esto no se vuelva a repetir.
—¿No me vas a regañar? —preguntó Lluvia, extrañada.
—¿Por qué debería? —Simón tendió la mano y le revolvió ligeramente el pelo—. Mientras no me guardes rencor en el futuro, con eso me basta.
Lluvia sintió un repentino remordimiento.
—¿Cómo podría guardarte rencor? Nunca lo haría.
—¿Enfermo? ¿Qué medicinas son?
—No sé. Creo que son de Valmora. —Lluvia sacó el celular y le mostró las fotos. Ella no entendió nada de las instrucciones.
Celia miró la imagen. Eran medicamentos importados que no se vendían en el país. Al buscar en internet, solo encontró cosas parecidas, pero nada igual. Pero seguro había alguien que podía ayudarla.
***
Por la noche, en Colina Serena, Celia le envió la foto a César y esperó su respuesta. En ese momento, alguien tocó a la puerta. Dejó el celular y fue a abrirla. Al ver a Ben, se apoyó en el marco de la puerta.
—Ben, ¿todavía no te duermes?
Él asintió y, tras un silencio pesado, dijo:
—Mirasol se suicidó.
La sonrisa de Celia desapareció. Eso la dejó atónita.

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