—Señorita, la señorita Celia ha venido a verla —susurró la empleada al borde de la cama.
No hubo respuesta. Celia no se acercó de inmediato. Primero le pidió a la empleada que se retirara. Caminó hasta la cama y se detuvo a un paso, midiendo sus palabras antes de decir cualquier cosa.
—Lluvia, sé que estás sufriendo. Yo tampoco quería que todo esto fuera a pasar.
Lluvia apretó la sábana con fuerza. En la habitación se podían escuchar sus sollozos ahogados.
—En realidad, Simón no es tu tío… Si hubiera sido de la familia, tendrías que haberla llamado tía. —Celia se sentó al borde del colchón con suavidad.
Poco a poco, Lluvia soltó la sábana y mostró unos ojos húmedos, cargados de confusión.
—¿Tía…?
—Es una mujer.
Lluvia se incorporó por fin, con las lágrimas rodando sin pausa por su cara.
—¿Dices que Simón es mujer? Entonces lo que vi en su vestidor aquel día era real… ¡No era un disfraz!
Celia asintió con la cabeza.
—A ella también la engañaron. Odia a las personas equivocadas y por eso ocurrió esta tragedia. No creo que su intención fuera matar a tu madre de verdad, por eso intentó ocultártelo.
No quería que la imagen que Lluvia tenía de Simón se derrumbara por completo. Solo podía consolarla así. Lluvia se tapó la cara con las manos y sus hombros temblaron violentamente bajo un llanto incontrolable. Celia se quedó a su lado en silencio hasta que el agotamiento venció al dolor.
***
Al caer la tarde, cuando Celia llegó a Colina Serena, se topó de frente con César. Él salía de la casa y la empleada lo despedía en la puerta.
—Señorita —saludó la empleada antes de retirarse discretamente para darles el espacio.
La mirada de César se posó en Celia. Parecía sereno, pero en sus ojos brillaba una intensidad contenida.
—¿Todavía estás enojada?
—Ya se me pasó. —Celia sostuvo su mirada—. ¿Para qué voy a enfadarme con un borracho?
Levantó la mano y, con la yema de los dedos, le rozó la mejilla, fría por el viento. Fue un gesto tan natural que Celia se sorprendió un poco.
—Vine a verte —dijo él, guardando la mano en el bolsillo de su abrigo—. Y a pedirte perdón.
Una ráfaga de viento cargada de frío invernal azotó la zona y Celia se encogió instintivamente. César arrugó el entrecejo y se movió para ponerse frente a ella, bloqueando el viento con su cuerpo. De repente, el frío desapareció, reemplazado por el calor que emanaba de él.
—Tú no hiciste nada malo —respondió ella. Sin saber por qué, su voz también se volvió ronca.
Todo el pasado, pasado está. César solo anhelaba una respuesta y no había pretendido lastimarla con los recuerdos del pasado. Solo que ella recordó todo sin querer, y al final se quedó atrapada en una pelea consigo misma.
Él fijó su mirada en ella. Dejó de ocultar todo lo que había reprimido y toda la pasión contenida en sus ojos.
—Celia, sé que no puedes olvidar lo de los Sánchez, pero prefiero que mires hacia adelante. No quiero que sigas huyendo de esa realidad ni que se convierta en una carga para ti. Si Carlos supiera que te culpas por lo que paso todo el tiempo, creo que tampoco se sentiría bien.
Celia guardó silencio durante un largo rato, tanto que César pensó que ella ya no iba a contestar. Hasta que, por fin, habló:
—¿Me estás consolando?

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