—No —respondió Ben sin vacilar, con total seriedad—. Lo que quiero decir es que no somos iguales.
Simón lo miró fijamente, atónita. Él continuó:
—Puedo entender tu odio, pero no tus métodos. Además, también soy un Rojas. ¿Acaso no es mi familia?
Simón apretó los puños con fuerza y, tras un largo silencio, se mordió el labio.
—Yo fuera… si tu hermana, Celia, estuviera en mi lugar, ¿qué harías?
Él reflexionó unos segundos antes de contestar:
—Haría pagar a los culpables, pero jamás matando.
El aire pareció congelarse entre los dos. De repente, Simón soltó una risa sarcástica y desvió la cabeza. En sus ojos húmedos una cosa empezaba a quedar clara; ya se esperaba esa respuesta. El Ben que conocía, de una integridad intachable, jamás se pondría de su parte. Si lo hiciera, dejaría de ser él mismo.
Aun así, había deseado, aunque fuera una mentira, y solo por un instante, tenerlo a su lado. Simón dejó de mirarlo y, tras recuperar la calma, habló con indiferencia:
—Lárgate ya.
Él no se movió.
—¡Lárgate! —gritó ella con voz ronca—. ¡Ya no te necesito!
Un destello de emoción cruzó los ojos de Ben. La miró y le dijo con calma:
—Todavía lo puedes rectificar. Hazlo.
—¡Vete al carajo! —Simón volcó la mesa de té de un golpe.
El estruendo atrajo de inmediato al mayordomo, que se quedó paralizado ante el desastre. Ben no dijo nada más, dio media vuelta y se fue. Al llegar al salón, uno de los hombres se le acercó y le susurró al oído:
—El señor Miguel Rojas le envía saludos.
Ben entendió al instante. Era un infiltrado de Miguel.
—Trabajas para Simón, ¿no?
El otro sonrió, incómodo.
—Ahora respondo ante el señor Miguel, aunque en apariencia sigo obedeciendo al señor Simón. Ya que veo que está bien, mi jefe y su padre podrán estar más tranquilos.
Ben se detuvo al pie de la escalera.
—¿Qué piensa hacer con Simón?
Llevaba más de treinta años siendo el benjamín de la familia, treinta años llamándolos "hermanos". Si no hubiera ocurrido todo esto, quizás habrían podido ignorar sus faltas. Ferlín cerró los ojos con fuerza y, al cabo de un momento, sentenció sin emoción:
—Ojo por ojo.
Mientras tanto, en el instituto, Celia también recibió noticias de Enzo. Al saber que Ben se había quedado voluntariamente con Simón, se quedó pensando. Desde que se enteró que Simón no le haría daño, su angustia había desaparecido un poco, pero no terminaba de entender qué buscaba su hermano quedándose allí.
Lía se acercó con unos documentos.
—¿Otra vez coqueteando con mi primo por mensaje? —preguntó.
Celia guardó el celular y le dio un golpecito cariñoso en la cabeza.
—¿Tanto te gusta el chisme?
Así le recordó a Lía lo que había pasado antes. De inmediato, se sonrojó como un tomate sintiendo la vergüenza.
—Es que… soy la espía de César, ya lo sabes —admitió con timidez.
En el fondo, también deseaba que la relación entre ellos fuera tan sólida que nada pudiera romperla.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró