Poco después, Celia salió de la casona con César. Aún no lograba asimilar la conversación de César con Ferlín y caminaba despacio, con la mente en otro lado. Había imaginado mil reacciones de Ferlín al descubrir la verdadera identidad de César, pero… ¿por qué había sido así de fácil?
César se detuvo al ver que ella se quedaba atrás. Pareció adivinar sus pensamientos y sonrió con ternura.
—Te lo dije. Aunque supiera quién soy, lo aceptaría.
Él había ocultado su nombre al mundo, pero no a los Rojas.
—¿Será porque el nombre de César Herrera abre todas las puertas? —Celia se cruzó de brazos y suspiró con fingida melancolía.
Él soltó una carcajada.
—Pero contigo no funciona.
Ella se sintió desconcertada un segundo, luego desvió la mirada y pasó de largo.
—Zeus Mendoza suena mejor.
César bajó la mirada y sonrió, siguiéndola con paso tranquilo.
—Entonces, que se llame Zeus Herrera.
—¿Qué? —Ella se volvió a mirarlo.
Él inclinó la cabeza y la chispa en sus ojos se intensificó.
—El nombre de nuestro hijo. Que se llame así.
Celia se quedó de piedra. Sus orejas se tiñeron de un leve rubor, pero fingió calma y siguió caminando.
—¿Quién… quién dijo que vamos a tener un hijo?
César la alcanzó en dos zancadas. Sus palabras llegaron a los oídos de Celia junto con el viento de otoño. Sonaban relajadas, pero firmes.
—Entonces lo tendré yo.
Celia no respondió, pero no pudo ocultar la sonrisa que le ensanchaba la cara. Sus hombros se sacudieron ligeramente por la risa contenida.
—Doctora Sánchez, ¿qué le parece? —insistió César entornando los ojos.
Ella carraspeó un par de veces y se volvió hacia él.
—No lo digas como si puedas hacerlo. La verdad es que, he estado en muchos partos. No he pasado por ese dolor, pero lo he visto de cerca. Así que… aún no estoy preparada.
La expresión de César se suavizó y asintió con la cabeza.
—Pero…
—Sin peros. —La mirada de Simón se enfrió—. Si quiere quedarse, que se quede.
Antes de que el mayordomo pudiera seguir intentando, se oyó un alboroto afuera. Ben, a quien habían intentado retener, irrumpió en la habitación. Los dos guardaespaldas se quedaron en la puerta sintiéndose incómodos, sin atreverse a entrar.
—Perdón, señor…
—No los culpe, yo insistí en subir. —Ben se alisó la manga con parsimonia—. Si se sigue negando a verme, no me quedará más remedio que usar la fuerza.
El mayordomo se retiró y los dejó solos. Simón se cruzó de brazos y soltó una risa seca.
—Te dije que te fueras y no quisiste. ¿Qué pasa? ¿Te gusta ser mi rehén?
Él la miró fijamente.
—Creo que debemos hablar con tranquilidad.
Simón se acercó hasta quedar frente a él y levantó la barbilla con orgullo.
—¿De qué quieres hablar? ¿De que debo rectificarme? ¿Acaso no sabes que los Rojas son los últimos con derecho a darme lecciones de moral?

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