Al escuchar semejante acusación, Tomás se llenó de indignación.
—¿Cómo se atreve a expresarse de esa manera…?
—Tomás. —Celia lo interrumpió con un gesto y sostuvo la mirada de la mujer—. Mi hermano es completamente inocente. Mi único propósito aquí es descubrir la verdad. No he engañado a nadie. ¿Acaso cree que ocultar lo que pasó realmente le traerá algún beneficio a Anita?
Celia hizo una breve pausa antes de continuar:
—Yo misma entregué a Julián a las autoridades. Estoy al tanto de todo lo que hizo, incluyendo la manera en que utilizó a su hija. Si ese tipo no recibe el castigo que se merece, cuando salga libre, ¿usted me puede garantizar que no vendrá a buscarla otra vez? Además, si Anita no confiesa la verdad ahora y la policía lo descubre por su cuenta, ella tendrá que enfrentar cargos por el delito de falso testimonio. Eso no solo destruirá su reputación, sino que le dejará antecedentes penales. Para los que tengan ese historial, será difícil que consigan empleos dignos.
La madre de Anita se quedó muda, con las palabras atoradas en la garganta. Toda la furia y las objeciones que tenía se esfumaron por completo en cuanto escuchó a Celia. Su hija había abandonado los estudios a temprana edad, pero era evidente que no podía quedarse sin trabajar toda la vida. De lo contrario, terminaría convirtiéndose en una carga eterna para ella.
Al verla guardar silencio, Celia supo de inmediato que había dado en el clavo. Siguió con tranquilidad:
—Comprendo perfectamente que le preocupe que esto manche el nombre de su hija. Sin embargo, le doy mi palabra de que, desde el inicio hasta el final del proceso legal, no se revelará ningún dato sobre la identidad de Anita. Nadie fuera de este lugar sabrá quién es la víctima. En cuanto a su futuro laboral, en el momento en que cumpla los dieciocho años, me encargaré de recomendarla para que entre a trabajar en la empresa de mi familia. ¿Le parece un trato justo?
La madre de Anita contempló a Celia con detenimiento. Por su porte y su seguridad, era evidente que no se trataba de una persona común y corriente.
—¿De verdad va a ser capaz de conseguirle un empleo?
Anita también levantó la mirada, mostrando una profunda sorpresa en sus ojos.
Celia sacó de su bolso una tarjeta de presentación de Ben y se la extendió a la mujer.
—Esta es la tarjeta de mi hermano y ahí viene el nombre de su compañía. Si tiene alguna duda de mi palabra, puede investigarlo en internet.
La mujer tomó la tarjeta. El simple tacto y el diseño elegante le hicieron ver que era un objeto de gran lujo. No obstante, al leer la dirección, vaciló un momento.
—Está bastante lejos… Un momento, ¿el grupo Arco Rojo? ¿Es la empresa del consorcio más poderoso de Ficus?
—Puede considerarlo de esa manera.
—Ah, pero por supuesto, esa es una empresa de un prestigio enorme. —El tono de voz de la mujer dio un giro grande al instante—. Le pido una enorme disculpa. Hace un momento hablé sin pensar en lo que decía. Por favor, discúlpeme, señorita Rojas.
Acto seguido, jaló a Anita hacia su lado y le dijo en tono de reproche:
—Ficus queda lejos, pero se trata de una corporación gigantesca. Alguien que ni siquiera terminó el instituto jamás habría soñado con poner un pie en un lugar así. Ya que la señorita Rojas te dio esta oportunidad, más te vale que te portes bien y hagas las cosas como se debe, ¿me explico?
Anita asintió con la cabeza, todavía un tanto aturdida por el repentino cambio de situación.
El oficial encargado de interrogarlo lo clavó en su asiento con una mirada severa.
—Si insistes en que jamás la tocaste, ¿cómo explicas el hecho de que se le encontrara un desgarro en el himen?
—¡¿Yo qué demonios voy a saber?! ¡Seguro se acostó con cualquier otro y ahora decidió echarme la culpa!
La oficial que se encargaba de tomar la bitácora del interrogatorio hizo una mueca de profundo disgusto al escuchar sus palabras.
—Le realizamos un examen médico legista detallado a la víctima y el dictamen arrojó que la lesión era reciente, no antigua. Lo que significa que ella no había tenido relaciones previas a esa noche. Además, esa misma noche, Carlos Sánchez se encontraba en un estado de ebriedad tan severo que estaba completamente inconsciente. Tanto usted como Anita ya declararon bajo juramento que él no estaba en condiciones físicas de hacer nada. Entonces, dado que usted fue quien orquestó todo este montaje, ¿cómo piensa justificar ese hallazgo médico?
—Yo… —Julián apretó los dientes con fuerza, acorralado por las evidencias y, en un arranque de desesperación, terminó por confesar todo—. ¡Solo utilicé los dedos! ¡Pero juro que jamás llegué a consumar el acto con ella!
—¿Y acaso te parece que eso no constituye una agresión sexual? ¿Acaso no es un abuso?
Julián se quedó sin argumentos para defenderse, mientras una gota de sudor caía por su mejilla. Al ver que la oficial se ponía de pie, soltó a gritos:
—¡Hubo alguien más que me incitó a hacer todo esto!

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