—Tú… —Sentía su garganta seca—. ¿Te has vuelto loco? ¿Por qué me dices eso?
César no apartaba la mirada de ella a través de la pantalla.
—No vuelvas a esquivarme. Si no…
—¿Si no, qué?
—Compro un boleto de avión para Ficus ahora mismo.
Y Celia sabía perfectamente que él era capaz de hacerlo. Se quedó sin palabras por un instante y se apresuró a impedirlo.
—¡No! —exclamó.
César se incorporó lentamente en la cama, dejó el celular a un lado, se levantó y comenzó a vestirse con tranquilidad.
—Entonces respóndeme con seriedad.
Ese tono… sí que era el de antes… Celia apretó los dientes y tomó aire profundamente.
—César, ahora soy yo quien decide sobre nosotros. ¿Crees que puedes empezar y terminar las cosas cuando se te da la gana? ¿Con qué derecho? Mira, tengo un as bajo la manga, así que no me vengas a amenazar.
Desconcertado, volvió a tomar el celular y la miró.
—¿Un as bajo la manga?
—Un arma secreta —dijo ella con una sonrisa astuta.
César entrecerró los ojos.
—¿Qué clase de arma?
—Adivina. Tengo que irme.
En eso, ella cortó la videollamada. Justo en ese momento, llamaron a la puerta de su habitación. Dejó el celular sobre la cama y fue a abrir. Ben estaba del otro lado y le entregó un paquete.

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