Al terminar de hablar, retiró la mano y miró al hombre de cabello castaño.
—No competiremos en velocidad, sino en agallas, ¿qué te parece?
El tipo alzó una ceja, con visible curiosidad.
—¿Cómo quieres jugar?
—Conduciremos cara a cara con los ojos vendados. Quien se aparte, pierde.
Cuando escucharon las palabras de Salma, los ánimos y los vítores de los presentes se convirtieron en un silencio de absoluta sorpresa.
—¿No te atreves a aceptar el desafío? —preguntó Salma, tomando la iniciativa al ver que el hombre dudaba—. He oído hablar de ustedes, los motociclistas, y respeto su habilidad. Solo quiero saber si también tienen el valor suficiente.
—¡Tú! Préstale tu moto —ordenó el hombre de cabello castaño. Se pasó la lengua por el interior de la mejilla y soltó una risa llena de desprecio. La actitud de Salma le interesaba. Su mirada sobre ella era de franca diversión.
—Hace años que nadie se atreve a jugar tan fuerte conmigo. Me gusta tu actitud.
En ese momento, alguien le acercó un equipo de protección, y él se lo lanzó a Salma sin más.
—No te vayas a matar.
Salma se puso el equipo, montó en la motocicleta, retiró el parador con soltura y aceleró para arrancar el motor.
Las dos motocicletas estaban en los dos extremos del túnel, a unos quinientos metros de distancia. Pero con los ojos vendados y a toda velocidad, cualquier obstáculo podría ser un peligro mortal.
Los que miraban desde la barrera sentían la emoción del momento, pero Celia solo sentía angustia, miedo y un nerviosismo devastador. Le aterraba que algo le pasara a Salma.
La competición estaba a punto de comenzar. A cada uno le dieron una venda negra. Salma la tomó, se la ajustó alrededor de los ojos y anudó el extremo. Luego se puso el casco.

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