Por su propia promesa, no podría usar ninguno de los autos lujosos en su garaje…
—Vaya, qué conciencia. Por una borrachera, ya no volverás a conducir en toda tu vida. Si todo el mundo fuera como tú, los agentes de tránsito estarían más que encantados.
Lía, al oír a Celia, ni siquiera levantó la cabeza. Estaba agotada como si la vida le hubiera quitado todas las fuerzas de golpe.
—¿Viniste a burlarte de mí? —preguntó con voz apagada.
Celia sonrió y se le acercó.
—Nadie se burla de ti. Me enteré que tuviste un desamor y vine a consolarte.
—No fue un desamor, porque nunca hubo amor.
Celia se sentó a su lado.
—No tengas tanta prisa. Hay que ir paso a paso.
Lía levantó la cabeza.
—Nunca he tenido prisas. Además… —Se detuvo, dudó un momento y luego cambió de opinión—: Bueno, igual sí. Creí que le gustaba un poco, pero me equivoqué. No le gustó nada.
—¿Te vas a rendir tan fácil?
Lía quedó callada, con la mirada baja. Celia la observó unos instantes.
—Llevan poco tiempo de conocerse. Apenas se conocen. Es normal que aún no haya sentimientos.
—¿Viniste a consolarme o a atacarme? —dijo Lía, volviendo a apoyar la cabeza en el brazo.
Celia sonrió.
—El Nicolás que conozco no es un hombre que se deje llevar solo por la belleza. Si de verdad te gusta, mejor empieza por conocerlo a fondo.
—Pero ya me rechazó.
—¿Qué te dijo exactamente?
—Le pregunté si sentía algo por mí y me dijo que no.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró