—¡No es así! ¡Yo no…!
Rocío negó con la cabeza, presa del pánico, mientras palidecía todavía más.
—Rocío, pregúntate a ti misma: si no hubieras llegado a este punto, ¿me pedirías perdón?
Ella quedó callada con los labios temblándole. Las lágrimas caían una tras otra sobre sus manos, manchándolas.
Las palabras de César eran como un cuchillo que atravesaba el miedo más profundo que ella guardaba en su interior. Era cierto que tenía miedo: miedo de enfrentar las consecuencias legales, a quedarse sola, sin nadie a quien aferrarse, sin excusas para salvarse. Todo su llanto y sus quejas con César no eran más que un intento desesperado por conseguir algo de compasión para encontrar una salida.
—Rocío, en el pasado fui sincero contigo, a pesar de que eras hija de Macarena. Eres consentida y caprichosa, pero mientras no cruzaras mis límites, podía hacer la vista gorda.
—¡Pero por culpa de Celia me enviaste al extranjero! —Rocío, por fin, le gritó todo el resentimiento que llevaba dentro—. Si no me hubieras mandado fuera, ¡no habría creído las mentiras de mi madre! Ella decía que la abuela no me quería y que tú me despreciabas…
Por un instante, la mirada de César se ensombreció y luego su expresión se volvió impasible.
—Parece que no tenemos nada más de qué hablar. Cuídate.
Se levantó de la silla para irse, pero Rocío lo detuvo de inmediato.
—¿No quieres saber a quién llamó mi madre justo antes de morir?
Él se detuvo. Ella se levantó también, con urgencia, iba a proponer sus peticiones.
—Si estás dispuesto a ayudarme con mi caso…
—Dejaré que la ley decida tu destino. No puedo ayudarte.
Dicho esto, se retiró sin mirar atrás. Rocío quedó petrificada en su sitio y, cuando reaccionó, comenzó a golpear la ventana de la sala con desesperación.
—¡César! ¡No puedes hacerme esto! ¡No puedes!
La oficial que la custodiaba entró de inmediato para contenerla, pero terminaron sacándola a la fuerza del lugar.


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