Víctor se giró hacia él.
—¿Qué? ¿Vas a pasar las vacaciones con Celia?
Él no respondió.
—Si quieres irte a vivir con los Rojas, no tengo problema, con una condición. —Víctor lo miró con seriedad—. Tendrás que darme un nieto.
César quedó sin palabras.
***
En la residencia de los Sánchez, Celia y Carlos estaban haciendo los preparativos para la fiesta.
—Celia, mira, ¿está derecho este adorno? —preguntó Carlos, subido en una escalera mientras colgaba unas guirnaldas de flores de papel moradas y blancas en el marco de la entrada.
Celia lo sujetaba desde abajo.
—Más o menos, no se nota mientras no esté torcido.
Carlos bajó de la escalera y la vio con la mano apoyada en la cintura. De inmediato le preguntó con preocupación:
—¿Estás bien?
—No te preocupes. Es que siempre me siento cansada. Oye, ¿se me nota mucho la panza? —Celia se tocó el vientre. De repente, le preocupaba perder su figura.
Carlos negó con la cabeza.
—Tu cara no se ve diferente para nada.
—¿En serio?
—Una compañera de trabajo me dijo que a ella le empezó a crecer la panza a los cuatro meses. Tú solo estás un poquito más rellenita —dijo, rascándose la cabeza.
En ese momento se escuchó un motor apagándose en la entrada. Miraron hacia el portón y Celia se subió de inmediato la cremallera de la chaqueta.
César llegó a la puerta. Se disponía a llamar, pero Carlos lo vio a tiempo y le abrió. El recién llegado observó la escalera, los adornos recién colgados y las cajas con velas sin desempaquetar.
—¿Necesitan ayuda? —les preguntó.
—Pues… —Carlos miró de reojo a Celia, que estaba bajo el alero—. Pregúntale a Celia.
César la miró fijamente. Ella se cruzó de brazos.
—Si quieres ayudar, hazlo.
Él entró en el patio y le tendió las llaves del auto a Carlos.
—Los ingredientes para la comida de vigilia están en la cajuela. ¿Puedes traerlos?
Carlos, desconcertado, tomó las llaves.
—Claro…
César, en cuanto entró, no paró de trabajar. Celia le indicaba dónde colocar los cirios y arreglar el altar familiar, y él lo ejecutaba sin chistar. Cuando Carlos terminó de descargar los obsequios y los víveres, vio a César subido en la escalera, acomodando las flores que Celia le iba pasando. Por un momento, quedó absorto en sus pensamientos. Parecía que, en años pasados, Celia nunca se había reído con tanta felicidad…
—¿Qué haces ahí parado? —Celia lo llamó—. Ven a ayudarme. Voy a preparar la comida.
Él reaccionó de inmediato.
—Ah, bien, ya voy.



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