Lía desvió la mirada de inmediato, sintiéndose culpable.
—Eh… lo que quería decir es que aún le importas, ¿cómo se supone que iba a aceptar el divorcio tan fácilmente?
César la miró fijamente durante un buen rato. Su aguda intuición comenzó a advertirle que algo no cuadraba. Dejó los papeles sobre el escritorio, se recostó en el respaldo de su silla y la observó con detenimiento.
—A ver, ¿me estás hablando de la situación que hay entre ella y yo, o me estás hablando de ti?
Lía tragó saliva, delatando sus nervios.
—¿Qué… qué tendría que ver yo en todo esto?
—Temes que, si me divorcio de Celia, Nicolás tendrá la oportunidad de perseguirla —dijo César con una sonrisa cargada de sorna, revelando los pensamientos de Lía sin rodeos—. ¿Crees que no me he dado cuenta de lo que sientes por él?
Lía no sabía cómo replicarle. ¡No era eso lo que quería decir en lo absoluto! Además, ¿por qué César sabía que le gustaba Nicolás? Sin darse cuenta, comenzó a morderse la uña del dedo pulgar debido a la ansiedad. De hecho, hasta la voz le temblaba ligeramente al intentar defenderse.
—¿Qué… qué clase de tonterías estás diciendo? ¿Cuándo he…? —No consiguió terminar de hablar. Al percatarse de la mirada de complicidad que le lanzaba César, prefirió guardar silencio y optó por cambiar de tema—. De todos modos, ¡ya llegará el día en que te arrepientas!
Temiendo que César continuara presionándola, abandonó la oficina a toda prisa.
Nicole, quien había permanecido observando la interacción desde su lugar, recordó lo que Lía había dejado a medias antes de interrumpirse. Solo esperaba que se estuviera imaginando cosas que no eran así…
César le preguntó:
—¿La fiesta de compromiso que estaban organizando ya está lista?
Recuperando la postura, Nicole asintió suavemente con la cabeza.
—Han decidido el lugar para el evento. Sin embargo, hay un detalle que sigo sin comprender. Zack está al tanto la relación entre las dos familias, y Alfredo también sabe que usted posee la verdad sobre ese secreto. ¿Por qué insisten tanto en llevar a cabo este compromiso? ¿Acaso no tienen miedo de que usted decida revelar todo ante la sociedad?
Si David tuviera el más mínimo indicio de quiénes eran en realidad Lola y Alfredo, jamás habría tomado una determinación tan descabellada.
Ella apretó los puños contra la tela del vestido que llevaba en las manos conteniendo su rabia. En cuanto las empleadas notaron su presencia, arrojó la costosa prenda con violencia directamente a la cara de una de ellas.
—¿Quiénes demonios se creen ustedes que son para andar opinando sobre mis asuntos privados?
—Disculpe, señorita Herrera, no fue nuestra intención ofenderla —se disculpó una de las empleadas con la voz temblorosa y un gesto de sumisión.
Rocío era incapaz de contener su furia. Estaba a punto de levantar la mano para cruzarse la cara a golpes a las empleadas cuando su guardaespaldas personal intervino deteniéndola por el brazo.
—Señorita, por favor, conténgase. No vale la pena que manche sus manos con esta clase de gentuza. Deje esto en manos de su madre. Ella se encargará de ellas.
Rocío se apartó de su agarre de un tirón, le lanzó una mirada asesina a la empleada y abandonó la boutique a pasos agigantados.
Al subirse al auto, ya no ocultó su expresión siniestra. Estaba dispuesta a soportar los términos de esa farsa matrimonial por el bien de sus intereses, pero el hecho de que Alfredo ni siquiera se tomara la molestia de fingir un poco de respeto ante los demás, y que encima la hubiera dejado, hería profundamente su orgullo.
Si ese infeliz se creía con el derecho de humillarla públicamente, ¡haría que pagara las consecuencias de sus actos!

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